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martes, 15 de mayo de 2012

Pantera en jazz

Por: Carlos Fuentes

When Joshua fit the battle of Jericho



El hombre tiene que apresurarse si quiere checar al filo de las nueve. Este día, en especial, despierta amodorrado, se baña y ya ha resuelto su desayuno. Hay tres  piezas  en  su  apartamento:  la  estancia  con  un  sofá  color  limón  donde duerme,   un   anaquel   repleto   de   novelas   a   la   rústica   (lujo   de   collegeboy norteamericano),  la  alfombra  de  hebras  arrastrándose  inerte  hasta  el  otro extremo, donde está la puerta, junto a un pequeño escritorio hosco, y dos o tres sillas chippendeleznables. Reproducciones nítidas y policromas se ahorcan en la pared:  cuadritos  de  marcos  losados  con  hojas  de  indian  summer  y  frutas acogolladas. El otro cuarto es la cocina, pulida y reluciente, blanca de porcelana y aluminio, con platos holandeses suspensos al mosaico blanco. La estufa y la nevera.  Y  la  última  pieza  es  el  baño,  herméticamente  cerrado  por  una  puerta verde con la manija de cobre.
Hoy, el hombre lee el diario al mismo tiempo que escucha un gruñido tras la   puerta   del   baño.   Los   encabezados   anuncian   atrevidamente,   con   tintas oscuras: una pantera negra se ha escapado del zoológico; todos los ciudadanos, según  parece  (y se recomienda), deben ponerse en guardia contra esta salvaje pantera; puede estar en cualquier parte: sí, allí, junto a usted.
El rugir en el baño se repite. Pero el hombre ya se ha lavado los dientes y son las ocho y media. Todo lo que puede hacer es correr fuera del local.



Bingo bango bongo I don’t want to leave the Congo



(La oficina pedaleaba un fandango espontáneo y crujiente de apuntadores Remington  y  escenario  de  cemento  y  vidrio.  Tronaban  puertas  y  abofeteaban máquinas, mascaban chicle y bebían agua en endebles copitas de papel y daban órdenes y las recibían y estornudaban y pedían permiso y bajaban las persianas y las volvían a subir y leían novelas de crimen (¿quién lo hizo?) escondidas tras de un parapeto de papel amarillo e importante y suspiraban y cuchicheaban y comían  sandwiches  de  jamón  y  pieles  y  gorgoteaban  botellas  efervescentes  y




bajaban  las  persianas  otra  vez  y  tictaqueaban  un  poco  y  siesteaban  otro  y  se arreglaban  las  medias  y  regían  las  corbatas  y  salían  a  la  avenida  zumbante llenos de espíritu y felices de estar  ocupados, de trabajar, de poseer escritorio propio.)



For sentimental reasons.



El  hombre  tiene  cierta  aversión  hacia  «casa»  esta  noche.  Entra  a  un  bar  y  ahí encuentra  a  una  divorciada  eufórica  y  cuarentona  que  conoce:  una  estola  de mink colgándole de un hombro, olor a jacinto bravo y la expresión nerviosa de tic  en  su  boca  violeta.  Ella  le  cuenta  la  saga  heroica  del  número  tres  y  cómo dormía  con  una  tabla  entre  los  dos  en  el  lecho  tibio  y  cómo  lo  divorció  (a quicky, too) por crueldad mental y, claro, la crueldad no fue mental sino glútea cuando  una  noche  se  rasgó  (ella,  claro)  el  negligeé  y  el  cutis  con  un  clavo  al estar  soñando  en  este  o  aquel  astro  de  cine  e  indemnización  y  alimentos  y habeas corpus tu abuela, iiiiiiii, y qué iba a hacer todo solito esta noche, y otra vuelta, Gus, y iiiiiiiii.
Entonces llegan al apartamento y la mujer  se derrumba de golpe sobre el sofá  cama,  y  empieza  a  cantar  villancicos  mientras  él  mezcla  un  coctel  y  las luces  de  la  calle  se  filtran  de  cebra  al  cielo  raso.  Entonces  ella  escucha  un gruñido.



Lookie lookie lookie here comes cookie



Se levanta y dice que ya está oyendo cosas y más le valdría irse a casita. Pero él no la deja, después de venir todo el camino hasta acá, y ella fue la de la idea, además.  Pero  la  mujer  dice  que  siente  el  rugir  otra  vez  y  su  maquillaje  se empieza a arrugar; él le dice que está borracha, y ella lo vuelve a escuchar como una clarinada y decide abrir la puerta y ver con sus propios ojos. El hombre se abalanza frente a ella, la cachetea y la empuja a la puerta de salida. Tira detrás de la mujer el mink viejo y avienta la puerta a su marco. Piensa: qué limpio y brilloso estaba el lugar  (el desenfado de los ingleses) y cómo esta mujer lo ha rociado  de  colillas  agonizantes  embarradas  de  morado.  Aquí sintió el padpad de unas patas acojinadas en la puerta del baño y empezó a discurrir en torno a la  posibilidad:  algo  o  alguien  está  en  mi  baño.  ¿Cómo  puede  algo  o  alguien introducirse en mi baño? Este lugar era tan seguro, pagaba un poco más de lo normal por él, y estaba situado en el barrio más selecto: por lo menos eso era lo que él pensaba y lo que el anuncio —el anuncio— decía. De manera que si algo, o alguien, estaba en su cuarto de baño —destruyendo sus lociones, babeando su pasta dental - no habia seguridad; el aviso del
periódico  mentía;  no  hay, seguridad, y lo único que él anhelaba después de un día de trabajo era confort, confort  y  seguridad,  y  no  un  baño  lleno  de  bichos  molestos  y  ruidosos  y  sin respeto alguno hacia la vida privada de los ciudadanos.
Pero antes de arriesgarse con el dueño, tiene que pensar un poco: el ruido en el baño. No hay manera de entrar ahí, como no sea llegando por la puerta principal.  No  hay  ventanas  en  el  baño.  La  cosa  necesita  haber  entrado  por  la planta  baja,  subido  las  escaleras,  abierto  la  puerta  del  apartamento.  Debe haberse  arrastrado  por  la  sala  hasta  llegar  a  la  puerta  del  baño;  la  abrió,  se introdujo en el cuartito y cerró la puerta. Pero entonces él estaba en su regadera alrededor  de  las  siete  cuarenta  y  cinco,  lo  cual  significaba  que  la  cosa  no  se había colado durante la noche, lo natural; en consecuencia, debe suponerse que entró mientras el hombre preparaba el desayuno, en la cocina. Ésta era la única explicación posible, la única explicación posible, la única explicación posible.
Se embute hipnotizado entre las sábanas frías y trata de olvidar el asunto. No osa imaginarse a la pantera. En el curso de la noche, sin embargo, escucha una  garra  de  terciopelo  arañar  la  puerta  pintada  —¡recién  pintada!—  y  siente horrible  imaginándose  a  un  ser  desconocido  que  destruye  su  habitación,  tan arreglada,  y  siente  miedo  de  siquiera  pensar  en  la  cosa  tirada  ahí.  Y  aunque tolera esta tortura, nunca puede, nunca podrá, abrir la puerta fresca y pintada del baño.
(La mañana siguiente se lavó en la cocina y desayunó en un restorán. No podía concentrarse —o alguna postura para los subordinados— en la oficina, y todo el día clavó la mirada en el papel blanco ensartado en la máquina mientras los demás clavaban su mirada en él. Se fue temprano a casa arguyendo dolor de algo  y  se  sentó  en  el  couch  aguardando  cualquier  rumor  de  la  cueva  del mosaico.   Sentado en  el filo de la cama amarilla escuchó las pisadas intermitentes en la escalera y los murmullos y chillidos de la   calle,  pero  el cuarto  cerrado  permaneció  silente.  Alguien  —una  niñita—  empezó  a  tocar escalas y cancioncillas, sin orden, con la voz de una ratita, en el piso de bajo, y el hombre se durmió.)

My heart belongs to daddy

No  ha  pasado  una  quincena  desde  la  primera  señal  de  la  pantera  cuando  el hombre presenta su renuncia en la oficina y penetra los óvulos de laberinto seda del  bar  rococó.  Bajo  un  plafón  de  fibracel  encuentra  a  su  vieja  amiga,  la divorciada,  sorbiendo  martinis  acompañada  por  un  calvo  obeso.  ¡Ahí  está, vocifera ella, el toughguy, el que patea damas y las lanza solas a los callejones oscuros y solitarios, y empieza a ronronear como un gato y tiene su piso lleno de  olores  raros  y  ruidos  feos!  ¡Ahora  es  cuando  lo  deberían  correr  a  él,  a patadas, que se largue a roncar como micifuz debajo de su
mueblote amarillo!
¡Y no te quedes así, Billy, pégale, él me pegó también, ahora vuelve todo, antes no  me...  él  también  me  pegó,  así,  con  el  puño  cerrado,  pazzzz!  ¡Ah,  no  vas  a hacer  nada,  pues  aquí  tienen  hombrotes  grandes  que  rebotan  borrachos  y ladrones, y a los que maltratan señoras y después quieren robarles la bolsa: hey, bótenlo,  córranlo,  quiso  robarme  la  cartera!  ¡Cóoorranlo!...  ¿Qué  no  es  este  el tipo  que  corrieron  hoy  de  la  oficina?...  ¡Ése  es,  lo  largan  de  todas  partes, pateando  y  golpeando  señoras,  y  estafando  y  robando  y  con  su  casa  llena  de diosabequé!...  ¡vago,  desocupado,  peinaplayas!...  Entonces  cae  de  cara  contra  la acera  helada  y  se  sueña  corriendo  mientras  todos  los  porteros  y  choferes  lo observan sonrientes, y deja su sombrero en una alcantarilla.

Animal crackers in my soup

(El hombre no podía abrir la puerta) y los gemidos y el gruñir son cada día más penetrantes. No puede encontrar una salida. No hay adonde ir, huyendo de este monstruo  invisible.  Sólo  queda  el  apartamento  sucio,  y  se  abraza  a  la  pared junto a la puerta del baño y siente el corazón latir y la cabeza nadar mientras los arañazos truenan en sus orejas empapadas de sangre, martillean allí, sin piedad. Ningún lugar, ni bar, ni oficina. Nada, sólo la niñita tocando escalas y cantando rimas un piso abajo. El hombre corre temblando fuera de su habitación, toca el timbre  cacofónico  y  el  piano  se  detiene  monótonamente,  sin  la  conciencia  de una  rúbrica;  la  niñita  abre  la  puerta.  ¿Hay  alguien  con  ella?  No,  está  sola cuidando la casa mientras su mamá juega bridge pero pronto estará de vuelta así que llama otra vez ella tiene que practicar. El hombre le ofrece unos dulces que  no  están  allí.  La  niñita  lo  empieza  a  mirar  con  sospecha.  Él  la  agarra  del brazo,  le  tapa  la  boca  sofocada  y  sale  con  la  niña  del  vestido  almidonado prendida  a  su  pecho,  sube  las  escaleras  y  cierra  de  un  portazo.  Rápidamente abre la puerta del baño y empuja con todas sus fuerzas a la muñeca blanda.
Se taponea los oídos para no escuchar los chillidos destemplados, para no escuchar los gruñidos, y la boca babeante y lengüeteante.
¡El  animal,  la  pantera  aterciopelada  ¿de  ojos  verdes?,  estaba  ahí!  Da  dos vueltas a la llave y sale tiritando a las calles y se queda en ellas toda la noche, vagando.  ¿Cómo  puede  la  pantera  vivir  sin  comer,  nada  más  bebiendo  del excusado?  Ahora,  en  vez  de  dejarla  morir  de  hambre,  le  ha  ofrendado  a  la muchachita rosa regada de listones azules. Cuando amanece, va al carpintero y lo lleva a clavetear la puerta del baño. Llegan juntos al apartamento y cuando el carpintero se hinca a clavar las tablas, recarga su mano en el suelo y la moja en un  hilo  pegajoso  y  carmín.  Se  lo  dice  al  hombre.  Éste  tiembla  e  insulta  al carpintero, que se largue del lugar. Cae sollozando junto a la pared cuarteada de telaraña y ampollas y se levanta ciego a la cocina para convertir los platos y

la porcelana en polvo blanco. Otra vez, se embarra a la pared gris junto al baño. Ya  no  se  escuchan  los  lamentos  de  la  pantera:  ahora  está  llena  y  contenta, mientras  la  sangre  riega  el  tapete.  Él  encontró  petróleo  y  empezó  a  tallar  la mancha de la alfombra hasta traspasarle un hoyo.
Oía movimiento y conmoción en el piso de abajo: sería la madre gritando a los  vecinos,  o  la  policía  buscando  a  la  niña.  Él  arañaba  el  muro  arrugado, mientras la sangre seguía corriendo desde el azulejo empapado del baño.
Entonces  olfateó  un  sueño  hediondo  y  escuchó  el  gemido  del  animal, temblando  sigilosamente  mientras  toda  aquella  existencia  enervante  rondaba con su fetidez enjaulada hasta el último poro de hombre o mueble. Nada podía ocurrir,  sólo  que  él,  el  hombre,  se  tornara  en  bestia  también,  bestia  capaz  de cohabitar con la otra, siempre invisible, bestia en el baño.

And the walls come tumblin’ down

Cuando  la  luna  nadó  a  través  de  los  cristales,  el  hombre  despertó.  Estaba sentado en el suelo, cerca del charco de sangre. La pantera hambrienta comenzó a  lamentarse  de  nuevo  y  a  rondar  y  a  rugir  alrededor  del  baño.  Entonces  el hombre  arañó  la  pared,  arañó  su  cuerpo  y  sintió  su  brazo  desnudo  grueso  y aterciopelado y sus uñas convirtiéndose en garras de clavo y algo como caucho ardiente  tostando  su  nariz  y  todo  su  cuerpo  un  torso  desnudo,  trémulo  y peludo,  y  sus  piernas  acortándose  al  reptar  sobre  el  tapete  para  arañar  las almohadas  y  destrozarlas  y  entonces  esperar  y  esperar  mientras,  sin  duda, pisadas cautelosas ascendían la escalera con el propósito de tocar en su puerta.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Letanía de la orquídea

—Mira, ve: ya empezó el invierno.

De las espaldas del cielo caía sobre Panamá un torrente de filos claros que escurrían, de la tierra herida en las calles adyacentes, a la Vía España. En la frontera de asfalto las aguas turbias se arrinconaban desorientadas, temiendo sin conciencia la succión del drenaje. Respiración lejana de la ciudad, marcha de rumores, quedaba suspendida en el vapor de las aceras, en el occipucio de las palmas, en los cuerpos estacionados bajo los toldos.
Luz visceral, amarilla como la lluvia al abrazar el polvo. Muriel despertó, eran las doce del día. Las ventanas abiertas se mecían hasta formar una esdrújula reticente; las sábanas caían pesadas sobre su cuerpo. Sombra corta de las patas de la mesa, y el silencio dominaba la tos del hombre. Ana ya no estaba; quizá volvería en la tarde, mojada, a pasearse en su cáscara floja.

Muriel extendió los brazos y colocó sus manos sobre la cabeza. Entre los minutos, moscas verdes visitaban el mapa gris de su torso, y los sobacos vencían al aire. Vacío: sólo observaba las lejanas colinas, recortadas por la navaja oscura del día. Ni un pájaro, ni un presagio. Únicamente tiempo enredado en la maraña de electricidad. Jugaba con lentitud a la jitanjáfora: el país estaba poblado de ellas, eran como sus pies...

Alanje, Guararé, Macaracas, Arraiján, Chiriquí.
Sambu, Chitré, Penonomé.
Chican, Cocolí, Portogandí... Ese ritmo era una defensa.

Cuando escampó, Muriel se levantó con la frente empapada. Fue al clóset a buscar sus zapatos; estaban cubiertos de un limo verde, igual que sus libros, reblandecidos, resistiéndose a que se les leyera. En un plato, quedaban cubos de hielo agonizantes; los colocó sobre su pescuezo, y apretó duro, hasta que le volvió la tos. Cerca de las ventanas, las plantas jaspeadas volvían a hincharse, sus brazos abiertos picoteados de rojo. Con ellas, renacían el sol y el lento pulular: diástole paralítica de la Avenida Central, línea de la vida divergente, disparada por las hojas frágiles sobre los quioscos de Santa Ana, ahogada en un raspado de limón, manos en las dos orillas de la Zona del Canal, estirando los nervios hasta no alcanzarse. Los murmullos tornaban a la cabeza de Muriel con el cuentagotas del sudor.

En ese momento, sintió Muriel la comezón en la rabadilla. Rascarla, la acrecentaba. Era algo más... una bola que parecía cobrar autonomía del resto del cuerpo. Una sed de magia, o de medicina, le hizo saltar de la cama, ¡quién sabe qué gárgolas tropicales podrían invadirlo todo, fabricadas de carne, pero, como las otras, pétreas en su espíritu y su risa permanente! Era el día, el día que en una mueca alegre reservaba la tiniebla y la cancelación. Habría que esperar la noche para reconquistar los testimonios, para sentir la luz y derramarla con ritmo. En la noche estaba la permanencia: la cumbia fijaba, el tamborito, copa de latidos vertiente, el eco incesante de los vasos, eliminaban el tránsito sin fin que en silencio corría durante el sol. En la noche, había tiempo entre los adioses.

¡Maldita humedad! Los dedos le resbalaron sobre la hinchazón, no era posible apresarla y rascar. Y crecía, crecía hasta estallar, medallón de poros líquidos. Muriel se desnudó, y con la nuca torcida, fue a reflejarse de espaldas al cristal. Ya no era posible rascar sin ultrajes, y al minuto, sin quebrar: los pétalos de amarillo y violeta, el metal informe del polen, el tallo bulboso: había nacido una orquídea, perfecta, de abandonada simetría, lánguida en su indiferencia al terreno de germinación.

Orquídeas en la rabadilla. Sentía que el paisaje lo mamaba con dientes de alfiler, hundiendo las raíces del suelo en su piel, amasando su cerebro contra la roca hasta hacer de sus ojos un risco ciego.

Pero había problemas prácticos a los cuales atender. ¿Cómo ponerse los pantalones? ¿La flor, convertida en pasta? Del tallo de la orquídea al centro de sus nervios corría un dictado que soldaba la vida de la flor a la suya propia. No tuvo más remedio que recortar un círculo en la parte trasera del pantalón, para que la orquídea brotara públicamente por él. Así decorado, no tuvo empacho en salir a la calle: hay formas del prestigio que lo abarcan todo. A varios meses del Carnaval, quizá se le confundió con una condición suspensiva; acaso, se le consideró una nueva modalidad de la alegría. El hecho es que la orquídea paseó, en un vaivén gracioso, ante la mirada blanca de los bazares hindúes, entre las faldas tensas y las blusas moradas de los negros de Calidonia, sin más furia que el ojo de una serpiente. Horas y horas, en un paseo caluroso que no parecía mermar la fresca galanura de la flor. En la cantina del Coco Pelao, Muriel la roció de pipa; la flor cambió de colores, pero se esponjó gozosa, sus pétalos abrazaron las nalgas del hombre, lo sacaron de la cantina, lo empujaron hasta las puertas del Happyland. Esa noche, bailó Muriel como nunca; la orquídea marcaba el son, sus savias corrían hasta los talones del danzarín, subían al plexo, lo arrastraban de rodillas, lo agitaban en un llanto seco y rabioso. De la raíz de la orquídea salían chillando ondas tensas como una letanía

 ¡Chimbombó! ¡Chimbombó!
¡Chimbombó! Cierra mis heridas,
junta mis manos,
erendoró, cicatriza mi vagina, detén
las horas,
dame un porvenir
dame una lágrima Chimbombó, detén
mi risa
apresura mi fantasma,
hazme la quietud
déjame hablar español,
alambó,
mata el ritmo para que me cree, une
mis pulmones,
llena de tierra y flores las esclusas,
no me vendas por la luna, haz de mis
uñas puentes,
quítame el tatuaje de estrellas,
¡Chimbombó!

Así gemía la orquídea, y todos —marineros verdes, turistas, mulatas de conos rebotantes— admiraban la belleza triste de la flor, sus movimientos de cosquilla, sus cambios de color con cada pieza musical. ¡La orquídea era un tesoro, plantado hoy en el invernadero de su rabadilla, pero...! Si ésta había florecido, ¿por qué no podrían germinar más, y más, únicas, en mutaciones sin límite? Orquídeas que saldrían congeladas, en avión, a las mil ciudades donde aún quedara una mujer con fe en las insinuaciones corteses.

Muriel salió corriendo del Happyland, jadeante, sin parar hasta su casa. Ana no había regresado. Poco importaba. Rápidamente, se desnudó y tomó la navaja; sin vacilación cortó de un tajo la orquídea y la plantó en un vaso de agua. Del hueso apenas brotaba un muñón verde.

¡Primera de la cosecha, a veinte dólares cada una! No le quedaba sino esperar, tendido en la cama, a que diariamente, entre doce y dos, floreciera una nueva. Acaso nacerían multiplicadas —cuarenta, ochenta, cien dólares diarios.

Y entonces, sin aviso, del lugar exacto en que la flor había sido cercenada, brotó una estaca ríspida y astillosa. Muriel ya no pudo gritar; con un chasquido desgarrante, la estaca irrumpió entre sus piernas y ya aceitada de sangre, corrió, rajante, por las entrañas del hombre, devorando sus nervios, lenta y ciega, quebrando en cristales el corazón. Ya no hablar, ya no describir. Y allí amaneció Muriel, partido por la mitad, empalado, sus brazos crispados en dos direcciones. Los pétalos de la orquídea marchita en el vaso seco, reflejaban en los ojos muertos de Muriel un lento oleaje de luz.

Afuera, entre las preposiciones, Panamá se colgaba de los dientes a su propio ser. Pro Mundi Beneficio.

Carlos Fuentes

(Ciudad de Panamá, 1928) Narrador y ensayista mexicano cuya obra se sitúa en el llamado boom de la literatura hispanoamericana. Es uno de los escritores más importantes de todos los tiempos en el conjunto de la literatura de su país. Figura dominante en el panorama nacional del siglo XX, por su cuidadosa exploración de México y lo mexicano, a través de una obra extensa y que usa un lenguaje audaz y novedoso capaz de incorporar neologismos, crudezas coloquiales y palabras extranjeras, su propuesta se sumerge en el inconsciente personal y en el colectivo, y traslada con vigor a las letras mexicanas los mejores recursos de las vanguardias europeas.

Hijo de un diplomático de carrera, tuvo una infancia cosmopolita y estuvo inmerso en un ambiente de intensa actividad intelectual. Licenciado en leyes por la Universidad Nacional Autónoma de México, se doctoró en el Instituto de Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza. Su vida estuvo marcada por constantes viajes y estancias en el extranjero, sin perder nunca la base y plataforma cultural mexicanas.

En la década de los sesenta participó en diversas publicaciones literarias. Junto con Emmanuel Carballo fundó la Revista Mexicana de Literatura, foro abierto de expresión para los jóvenes creadores. A los veintiséis años se dio a conocer como escritor con el volumen de cuentos Los días enmascarados, que fue bien recibido por la crítica y el público. Se advertía ya en ese texto el germen de sus preocupaciones: la exploración del pasado prehispánico y de los sutiles límites entre realidad y ficción, así como la descripción del ambiente ameno y relajado de una joven generación confrontada con un sistema de valores sociales y morales en decadencia.

Las promesas de originalidad y vigor que se vislumbraban en esa obra se cumplieron plenamente con La región más transparente (1958), un dinámico fresco sobre el México de la época que integra en un flujo de voces los pensamientos, anhelos y vicios de diversas capas sociales. En 1962 apareció La muerte de Artemio Cruz, una de las mayores novelas de las letras mexicanas. Sus páginas detienen por un instante, con una prosa compleja de identidades fragmentadas, el flujo de conciencia de un viejo militar de la Revolución de 1910 que se encuentra a punto de morir, e indagan en el sentido de la condición humana.

Esas obras iniciales cimentaron un ciclo denominado por el autor "La edad del tiempo", obra en constante progreso a la que se fueron sumando diversos volúmenes. Zona sagrada (1967) retrata la difícil relación entre una diva del cine nacional y su hijo.Terra Nostra (1975), novela muy extensa que muchos consideraron inabordable, llevaba al límite la exploración de los orígenes del ser nacional. Cristóbal Nonato (1987), inspirada en Tristram Shandy de L. Sterne, narraba el Apocalipsis nacional empleando la voz de un niño que se está gestando.
A esta selección se agrega la novela corta Aura(1962), historia mágica, fantasmal y extraña en la mejor tradición de la literatura fantástica. Su experimentalismo narrativo fue menguando en el curso de los años, como se hizo perceptible en Diana o la cazadora solitaria (1994), breve novela que recontaba su tormentosa relación con la actriz Jean Seberg. A pesar de ello agregó a su obra títulos interesantes como Constancia y otras novelas para vírgenes (1990), El naranjo o los círculos del tiempo(1993) y La frontera de cristal (1995), conjunto de historias centradas en la línea divisoria que separa a México de Estados Unidos.

Fuentes también ha publicado La campaña (1990),Los años con Laura Díaz (1999), Instinto de Inez(2001) y La silla del águila (2003). Ensayista, editorialista de prestigiosos periódicos y crítico literario, ha publicado también obras de teatro. Una inteligencia atenta al presente y sus inquietudes, el profundo conocimiento de la psicología del mexicano y una cultura de alcance universal hacen de su obra un punto de referencia indispensable para el entendimiento de su país. En 1994 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.