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martes, 19 de junio de 2012

Mejor que arder


Por: Clarice Lispector 

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.
Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.
Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:
-Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.
No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.
La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.
Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.
Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!
Él le dijo meditativo:
-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.
Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.
Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.
Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.
Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.
Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.
Y sucedió realmente.
Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.
Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.
Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.
Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.
Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.
Entonces una noche él le dijo:
-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?
-Sí -le respondió grave.
Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.
Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.
Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.

martes, 27 de diciembre de 2011

Una carta que nunca llegó a Rusia


Por: Vladimir Nabokov

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera -¡y de qué forma tan inesperada!-, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces -en las salas de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Daniel Defoe


Novelista y periodista inglés cuya obra refleja su variada experiencia en muchos países y en muchos aspectos de la vida. Además de ser un brillante periodista y novelista, Defoe fue un autor prolífico que escribió más de 500 libros, panfletos y opúsculos. Defoe nació en Londres alrededor de 1660, hijo de un pequeño comerciante llamado Foe. Daniel antepuso el elegante 'De' a su nombre hacia 1700. Estudió para sacerdote presbiteriano, pero en 1685 decidió dedicarse a los negocios. Se hizo comerciante textil, y su trabajo le brindó frecuentes oportunidades de viajar por el oeste de Europa. Defoe, enemigo de Jacobo II, participó activamente en 1685 en la fallida sublevación dirigida por el duque de Monmouth contra el rey. Su negocio quebró en 1692 pero más adelante se hizo con el control de una fábrica de ladrillos. Obtuvo un puesto en el gobierno en 1695 y ese mismo año escribió Ensayo sobre los proyectos, un excelente análisis sobre asuntos de interés público como la educación de las mujeres. Digno de destacar entre sus escritos de los años siguientes es el poema satírico El verdadero inglés (1701), un ataque contra la creencia en la superioridad racial o nacional, dirigido particularmente a quienes recelaban del nuevo rey, Guillermo III, por ser holandés. Al año siguiente publicó, sin firmarlo, un libelo titulado El medio más eficaz para con los disidentes, en el que ironizaba sobre la intolerancia religiosa fingiendo compartir los prejuicios de la Iglesia anglicana contra los disidentes. En 1703, cuando se descubrió que Defoe era el autor del libelo, fue arrestado y condenado a una pena indeterminada de cárcel por difamación. Robert Harley, el portavoz de la Cámara de los Comunes, logró su puesta en libertad en noviembre de 1703, probablemente con la condición de que accediese a actuar como agente secreto y propagandista del Gobierno. La quiebra de sus negocios como consecuencia de la estancia en la cárcel le acarreó graves dificultades económicas, por lo que decidió dedicarse al periodismo para subsistir.

Entre 1704 y 1713 redactó la mayor parte de los artículos de un diario de noticias titulado The Review, cuyos análisis y opiniones eran a menudo independientes pero por lo general favorables a la política del Gobierno. Defoe defendió ardientemente la unión con Escocia, y sus tareas como agente secreto implicaron probablemente otras actividades en pro de esa unión, que se alcanzó en 1707. En 1709 escribió una Historia de la unión. La primera y más famosa novela de Defoe, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinsón Crusoe de York, navegante, se publicó en 1719, cuando su autor contaba ya casi 60 años. Este relato ficticio sobre un náufrago se basaba en las aventuras de un marino, Alexander Selkirk, que había sido abandonado en una isla del archipiélago Juan Fernández, frente a las costas de Chile. Esta novela, llena de detalles sobre las ingeniosas ideas de Robinsón para sobrellevar los rigores de la isla, se ha convertido en un clásico de la literatura infantil. Defoe siguió escribiendo novelas: Memorias de un caballero (1720), Vida, aventuras y piratería del célebre capitán Singleton (1720) y Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders (1722), las aventuras de una prostituta londinense que está considerada como una de las grandes novelas inglesas. En esta última obra Defoe mostró su conocimiento de la naturaleza humana y su interés por los motivos que conducen a determinados comportamientos. También reflejó su preocupación por los pobres. Entre sus otros escritos de importancia cabe destacar Diario del año de la peste (1722), El Coronel Jack (1722), Lady Roxana o la cortesana afortunada (1724), Un viaje por toda la isla de Gran Bretaña (1724-1727), Historias de piratas (1724-1728) y El perfecto comerciante inglés (1725-1727).