Por: Armando Vega-Gil
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lunes, 23 de abril de 2012
jueves, 8 de diciembre de 2011
La belleza invisible
Por:
Armando Vega-Gil
Berenice
quedó ciega a los veinte años, justo en la cumbre del camino en el que
descubría la belleza. Y la belleza era un escaparate inmediato, concreto, que
potenciaba el amor como una esperanza germinal o, más aún, como el inicio de
una búsqueda hecha de pura angustia y sobresaltos. Así, Berenice avanzaba hacia
el futuro trastabillado entre el más delicioso terror, la euforia y la
melancolía. Creyó ser bella, anheló ser bella y, con una inocencia empedrada de
malicia y fiebres húmedas, se sumergió en la búsqueda de un hombre que la
complementara, que la volviera una sola voluntad compartida, unidad insoluble
de privilegios y sueños.
Berenice
tenía veinte años y buscaba el espejo de la belleza para iniciar el diálogo de
la vida cuado un accidente de carretera la dejó ciega. El horror de aquel
instante se enquistó en su alma joven y, vuelto un cáncer, le corroía
implacable aquel anhelo de ser hermosa, completa, deseada.
Así,
por una decisión que había tomado como condena, se hundió en un pozo de fealdad
y repulsión, tanto más dañino por cuanto la luz de aquella belleza inalcanzable
le cauterizaba las heridas siempre abiertas. Berenice comenzó a castigarse
hasta llegar a ser menos que el fantasma de sí misma. En el espejo oscuro de la
ceguera, se veía como un ser monstruoso, con las cuencas de los ojos vacías,
sus párpados distendidos como dos bocas sonrosadas por donde murmuraban el
rechazo de los hombres y la deformidad: branquias de un pez que agoniza en una
playa sin mar ni sol, nocturno mar desolado.
Y
cuanto más se imaginaba Berenice aquel ser desfigurado, más el recuerdo de su
belleza le iba ganando en tiempo a la carne, hasta que al fin la encontraron
colgada en la regadera de un cuartucho de hotel, desnuda, húmeda por el vapor
del agua aún caliente que la contemplaba en un espejo azorado; húmeda todavía
por esas lágrimas de polvo que no podrían llorar más sus ojos sin vida.
Los
hombres que rescataron su cadáver aseguraban jamás haber visto belleza mayor a
la de esta joven que, en el momento exacto de morir, por el influjo de un
milagro inesperado, recuperó la vista.
Sus
ojos habían renacido como dos capullos fugaces para ver, cara a cara, cuán
hermosa es la muerte.
martes, 15 de noviembre de 2011
Los eXcusados secretos del Metro
Por Armando Vega-Gil
Hace poco, luego de hartos años de haber sido inaugurado el Metro, encontré al fin un baño público en sus instalaciones, caso excepcional, en la parada de Chilpancingo. Y ahí llegué a una conclusión poética: ¿existe algo peor que estarse meando en la estación Balderas en una hora pico? Sí, contenerse ahí mismo las ganas de zurrar.
Cuando alguien aguanta y se aguanta a hacer del cuerpo, le vienen unos dolores de parto –con la diferencia de que el producto no es un bebé sino una bola de excremento- que suben desde un punto harto frágil del pobrecito ano e invaden el vientre cual patada de judicial. Sientes las paredes del colon ensancharse hasta quedar como una membranita reestirada, a punto del desgarre. Uno cae de rodillas, aprieta el esfínter y gime, <<¡ay, ay ay!>>, entre goterones de sudor frío. Y es que en nuestra moral cristiana está mal visto que uno ande cagando por la vida, más aún si cuelgas de un pasamanos del Metro. El dicho <<Es preferible perder un amigo que un intestino>> debía privar por nuestro propio bien; pero la moral es la moral.
Así me ocurrió con dos compañeros de la escuela: el Caballo y Dominique. Yo estaba enamorado de ella, y, claro, Domi no me pelaba. Esa mañana quedamos de vernos en una biblioteca, cerca del Metro Allende, para hacer una tarea. Yo estaba nerviosísimo, por lo que me dio por desayunar como puerco; encima, en la víspera había cenado pozole con harto maíz cacahuazintle, eso sí, descabezado. La inseguridad hizo meterme todavía, entre libros y apuntes, dos bolsas de cacahuates japoneses sabor limón, un Boing de a litro, una torta de tamal y un paquete de pasistas aflojatodo. Al rato me sentía recargadito; sin embargo, levantarme al baño le hubiera concedido unos segundos al Caballo para darme baje con la chata.
Al salir de la biblio, ya me había arrepentido de no obrar, pero mejor era aguantarse. La cosa empeoró al bajar por las escaleras de la estación del subterráneo. Tenía que caminar como pingüino, aflojando solo ciertos músculos que atenuaran el dolor pero que evitaran la salida del cake.
En el andén, el primer gran cólico me dobló por el ombligo, Sudaba entre escalofríos, veía nublado. <<Dios mío, ¿qué te pasa?>>, preguntó Dominique, mientras me tomaba por los hombros. ¡Ah!, esa era su primer manifestación de cariño, y ni modo que le dijera que me estaba haciendo de la caca.
Domi pedía ayuda a gritos cuando, más fuerte, me vino la segunda contracción. Llegó un policía preguntándome qué pasa, y yo solo farfullaba. <<Necesito un baño, ¡un baño por favor!>> El poli amenazó con llamar una ambulancia. <<¡No, un baño!>>, chillé… Y todo por no haber guaters públicos en el méndigo Metro. Sé que los chilangos somos bien marranos y dejaríamos los w.c. hechos barquillos con todo y cereza, pero esto era de vida o muerte. Entre mirones, ya me sacaban a rastras el tira y el Caballo, y yo insistía, ebrio de dolor: <<¡Su baño!>>. <<Híjole, joven es que solo es pa empleados.>> Dominique suplicó al azul, <<¡ándele, por favorcito!>>, el Caballo le dio un billete azul al agente. <<Me van a llamar la atención, pero órale.>>
Tras una puerta disimulada en un muro estaba el trono salvador. Me dejaron solo y ahí hice la caca más deliciosa y abundante de mi vida. ¡Ahhh, liberar al Keiko! Y salí feliz, recuperado. El poli entró a revisar si no me había inyectado heroína, pero solo encontrose con el denso buqué del pozole.
El Caballo y Domi me fueron a dejar a mi casa, y me depositaron en mi camita donde perdí el conocimiento. Al día siguiente mis compañeritos ya eran novios. ¡Chale!, y todo por no haber guaters en el Metro.
Un consuelo me queda. Cuando el Caballo y Dominique se pongan nostálgicos y acaramelados, tiernos y románticos, ¡ah!, sin duda dirán entre suspiros:
--Bebé, ¿te acuerdas del día que nos enamoramos?
--Sí, mi vida, fue cuando el güey aquel se estaba cagando.
lunes, 24 de octubre de 2011
Armando Vega-Gil
Nacido a finales del milenio pasado Armando Vega-Gil es fundador de una de las bandas emblemáticas del rock mexicano contemporáneo, Botellita de Jerez, Cortometrajista, antropólogo, performancero, argumentista de la serie de television el Güiri-Güiri, catedrático y promotor de talleres de escritura, escalador de montañas nevadas, buzo de aguas dulces y saladas, trotamundos y trovador de versa.
Ha publicado libros de poesía, cuento y sátira.
Fuera del cuadro
Un segundo antes del suicidio, vio proyectada en su cabeza la película de su vida; pero como era tan aburrida, cayó dormido antes de que terminara la función.
Cuando despertó, fue demasiado tarde.
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