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jueves, 17 de mayo de 2012

La alondra y la libertad

Por: Ana Delia Mejía

Érase una bella alondra que había pasado toda su vida encerrada en una jaula, y, aunque la jaula era linda y amplia y siempre estaba limpia, la alondra no era feliz.

Sentía el tiempo pasar por su frágil cuerpo, podía adivinar a la muerte aproximándose y no comprendía su propia infelicidad. ¿Por qué serlo teniendo maíz y agua fresca con que saciarse todos los días, un amo dedicado que le susurraba con cariño y a quien regalarle su dulce canto; en fin, un hogar?

No obstante, algo en su interior le gritaba que había más… Una mañana, cuando su amo abrió, como de costumbre, la jaula para asearla y reemplazar las vasijas vacías por otras llenas; obedeciendo a un impulso incontrolable, casi brutal, picoteó con fuerza la mano del niño y, aprovechando que este retrocedió inducido por el miedo súbito que le había provocado aquel extraño comportamiento, batió las alas y se elevó. Vio al pequeño patio quedar atrás y sintió el frío impacto del viento.

Una fuerza desconocida la impulsó a mover las alas con más fuerza. Se dio cuenta de que eso la hacía volar más alto, así que siguió elevándose sin importarle el cansancio que empezaba a apoderarse de ella. ¿Cómo podría importarle? Era feliz.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ladrón de sábado

Por: Gabriel García Márquez

Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.

A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.

A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.

En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.

Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.

jueves, 26 de abril de 2012

Sueño de la mariposa

Por: Chuang Tzu


Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu. 

jueves, 19 de abril de 2012

El sapo

Por: Juan José Arreola 


Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.

Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.

Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.

jueves, 29 de marzo de 2012

En contra de toda expectativa

Por: Dagoberto Espinoza

Y en contra de todo pronóstico, contradiciendo todas las expectativas, el hombre que acababa de perder una pierna se puso a saltar en una pata, de pura alegría.

jueves, 15 de marzo de 2012

Realidad

Por: Fabián Rodríguez Galleguillos

Después de haber ganado un mundial de fútbol, llegar en primer lugar en una carrera de automóviles, ser el mejor bailarín, ganar una batalla en una misión de guerra y haber rescatado al mundo de un ataque extraterrestre, Juan se retira de los Juegos Electrónicos Diana para cumplir con sus papeleos del trabajo.

jueves, 1 de marzo de 2012

La búsqueda

Por: Gabriel Degi

Ya no podía seguir haciendo oídos sordos a los comentarios de la gente, aunque la mayoria de ello carecían de importancia. Sería tonto continuar aparentando no querer oír cuando en verdad no podía oír.

Decidió entonces emprender la búsqueda de sus preciadas orejas, perdidas seguramente en una de esas noches de desajuste y ebriedad.

En la ardua empresa por caminos entreverados, por parajes lúgubres, que la luz del día los tornaba novedosos, halló en su afán de recuperar lo perdido, una carnosa boca que profería palabras varias y atropelladas.

La tomó. La usó.

Ahora todo era distinto. Ya no necesitaba oír ni hacer oídos sordos, pues esa boca que había adquirido se encargaba de no dar tiempo para que otro pudiese replicar, comentar, y aún menos preguntar. A través de ella lo decía todo.

Una noche fue invitado a una reunión y comenzó a monologar frente a un eventual interlocutor.
-Pocos disfrutamos, mi querido amigo, del beneficio de hablar lo suficiente para decir lo necesario. 

Creo que no me entiende verdad, comprendo. No es para todos.

El interlocutor lo dejaba hablar mirándolo condescendientemente,
-Qué puede decírsele a una persona como yo que todo lo dice. Ya no hay novedades para mí. –proseguía satisfecho

En un momento el hombre que oía asintió con la cabeza, quitó la mirada de él y se retiró con paso ligero, como obedeciendo algo apremiante. Cuando estaba lejos, una araña que pendía del centro del salón, se precipitó sobre la espalda del locuaz invitado.

Agonizaba. Echó una débil mirada a la distancia, e identifico borroso, como yéndosele de las manos, a aquel hombre que se alejaba firme, elegante, y portando en sus costados las que en un tiempo fueron sus orejas.

jueves, 16 de febrero de 2012

Venganza de traición

Por: Hernán Jorge Pérez

La víctima de la traición se sintió arrebatada por la indignación y tramó venganza. Clavó su mejor puñal con toda su furia sobre el pecho de su victimario.

Cuando yacía en el suelo y el último suspiro escapaba de su boca, comprendió que tanto en la traición como en el suicidio, víctima y victimario son la misma persona.

jueves, 2 de febrero de 2012

Pueblerina

Por Juan José Arreola

Al volver la cabeza sobre el lado derecho para dormir el último, breve y delgado sueño de la mañana, don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda.

Con un poderoso movimiento del cuello don Fulgencio levantó la cabeza, y la almohada voló por los aires. Frente al espejo, no pudo ocultarse su admiración, convertido en un soberbio ejemplar de rizado testuz y espléndidas agujas. Profundamente insertados en la frente, los cuernos eran blanquecinos en su base, jaspeados a la mitad, y de un negro aguzado en los extremos.

Lo primero que se le ocurrió a don Fulgencio fue ensayarse el sombrero. Contrariado, tuvo que echarlo hacia atrás: eso le daba un aire de cierta fanfarronería.

Como tener cuernos no es una razón suficiente para que un hombre metódico interrumpa el curso de sus acciones, don Fulgencio emprendió la tarea de su ornato personal, con minucioso esmero, de pies a cabeza. Después de lustrarse los zapatos, don Fulgencio cepilló ligeramente sus cuernos, ya de por sí resplandecientes.

Su mujer le sirvió el desayuno con tacto exquisito. Ni un solo gesto de sorpresa, ni la más mínima alusión que pudiera herir al marido noble y pastueño. Apenas si una suave y temerosa mirada revoloteó un instante, como sin atreverse a posar en las afiladas puntas.

El beso en la puerta fue como el dardo de la divisa. Y don Fulgencio salió a la calle respingando, dispuesto a arremeter contra su nueva vida. Las gentes lo saludaban como de costumbre, pero al cederle la acera un jovenzuelo, don Fulgencio adivinó un esguince lleno de torería. Y una vieja que volvía de misa le echó una de esas miradas estupendas, insidiosa y desplegada como una larga serpentina. Cuando quiso ir contra ella el ofendido, la lechuza entró en su casa como el diestro detrás de un burladero. Don Fulgencio se dio un golpe contra la puerta, cerrada inmediatamente, que le hizo ver estrellas. Lejos de ser una apariencia, los cuernos tenían que ver con la última derivación de su esqueleto. Sintió el choque y la humillación hasta la punta de los pies.

Afortunadamente, la profesión de don Fulgencio no sufrió ningún desdoro ni decadencia. Los clientes acudían a él entusiasmados, porque su agresividad se hacía cada vez más patente en el ataque y la defensa. De lejanas tierras venían los litigantes a buscar el patrocinio de un abogado con cuernos.

Pero la vida tranquila del pueblo tomó a su alrededor un ritmo agobiante de fiesta brava, llena de broncas y herraderos. Y don Fulgencio embestía a diestro y siniestro, contra todos, por quítame allá esas pajas. A decir verdad, nadie le echaba sus cuernos en cara, nadie se los veía siquiera. Pero todos aprovechaban la menor distracción para ponerle un buen par de banderillas; cuando menos, los más tímidos se conformaban con hacerle unos burlescos y floridos galleos. Algunos caballeros de estirpe medieval no desdeñaban la ocasión de colocar a don Fulgencio un buen puyazo, desde sus engreídas y honorables alturas. Las serenatas del domingo y las fiestas nacionales daban motivo para improvisar ruidosas capeas populares a base de don Fulgencio, que achuchaba, ciego de ira, a los más atrevidos lidiadores.

Mareado de verónicas, faroles y revoleras, abrumado con desplantes, muletazos y pases de castigo, don Fulgencio llegó a la hora de la verdad lleno de resabios y peligrosos derrotes, convertido en una bestia feroz. Ya no lo invitaban a ninguna fiesta ni ceremonia pública, y su mujer se quejaba amargamente del aislamiento en que la hacía vivir el mal carácter de su marido.

A fuerza de pinchazos, varas y garapullos, don Fulgencio disfrutaba sangrías cotidianas y pomposas hemorragias dominicales. Pero todos los derrames se le iban hacia dentro, hasta el corazón hinchado de rencor.

Su grueso cuello de Miura hacía presentir el instantáneo fin de los pletóricos. Rechoncho y sanguíneo, seguía embistiendo en todas direcciones, incapaz de reposo y de dieta. Y un día que cruzaba la plaza de armas, trotando a la querencia, don Fulgencio se detuvo y levantó la cabeza azorado, al toque de un lejano clarín. El sonido se acercaba, entrando en sus orejas como una tromba ensordecedora. Con los ojos nublados, vio abrirse a su alrededor un coso gigantesco; algo así como un Valle de Josafat lleno de prójimos con trajes de luces. La congestión se hundió luego en su espina dorsal, como una estocada hasta la cruz. Y don Fulgencio rodó patas arriba sin puntilla.

A pesar de su profesión, el notorio abogado dejó su testamento en borrador. Allí expresaba, en un sorprendente tono de súplica, la voluntad postrera de que al morir le quitaran los cuernos, ya fuera a serrucho, ya a cincel y martillo. Pero su conmovedora petición se vio traicionada por la diligencia de un carpintero oficioso, que le hizo el regalo de un ataúd especial, provisto de dos vistosos añadidos laterales.

Todo el pueblo acompañó a don Fulgencio en el arrastre, conmovido por el recuerdo de su bravura. Y a pesar del apogeo luctuoso de las ofrendas, las exequias y las tocas de la viuda, el entierro tuvo un no sé qué de jocunda y risueña mascarada.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Una casita en el campo

Por: Émile Zola



La tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que exhalan un vago olor a moho; al fondo, en una oscuridad y un silencio solemnes, se encuentra el mostrador. La luz del día y el ruido de la vida se niegan a entrar en aquel sepulcro.

La villa del sombrerero Gobichon, situada en Arcueil, es una casa de una sola planta, plana, construida en yeso; delante de la vivienda hay un estrecho huerto cercado por una pared baja. En medio se encuentra un estanque que no ha contenido agua jamás; por aquí y por allá se yerguen algunos árboles tísicos que no han tenido nunca hojas. La casa es de un blanco crudo, el huerto es de gris sucio. El Bièvre corre a cincuenta pasos arrastrando hedores; en el horizonte se ven buhedos, escombros, campos devastados, canteras abiertas y abandonadas, todo un paisaje de desolación y miseria.

Desde hace tres años, Gobichon tiene la inefable felicidad de cambiar cada domingo la oscuridad de su tienda por el sol ardiente de su casita rural, el aire del desagüe de su calle por el aire nauseabundo del Bièvre.

Durante treinta años había acariciado el insensato sueño de vivir en el campo, de poseer tierras en las que construir el castillo de sus sueños. Lo sacrificó todo para hacer realidad su capricho de gran señor; se impuso las más duras privaciones; lo vieron a lo largo de treinta años, privarse de un polvo de tabaco o una taza de café, acumulando una perra gorda tras otra. Hoy ya ha colmado su pasión. Vive un día de cada siete en intimidad con el polvo y los guijarros. Podrá morir contento.

Cada sábado, la salida es solemne. Cuando el tiempo es bueno, se hace el trayecto a pie, así se goza de las bellezas de la naturaleza. La tienda queda al cuidado de un viejo dependiente encargado de decir al cliente que se presente: «El señor y la señora están en su villa de Arcueil».

El señor y la señora, equipados como para ir a la guerra, cargados de cestos, van a buscar al internado al joven Gobichon, un chaval de unos doce años, que ve con terror cómo sus padres se dirigen hacia el Bièvre. Y durante el trayecto, el padre, grave y feliz, trata de inspirarle a su hijo el amor por el campo disertando acerca de las coles y los nabos.

Llegan y se acuestan. Al día siguiente, desde el alba, Gobichon se pone su ropa de campesino; está firmemente decidido a cultivar sus tierras; cava, azadonea, planta, siembra durante todo el día. No crece nada; el suelo, formado de arena y cascotes, se niega a producir cualquier tipo de vegetación. No por ello deja el rudo trabajador de secarse con satisfacción el sudor que inunda su rostro. Mirando los hoyos que acaba de abrir, se detiene orgulloso y llama a su mujer:

-¡Señora Gobichon, venga a ver esto! -grita-. ¡Mire qué hoyos! ¡Éstos si son profundos!

La buena mujer se queda extasiada mirando la profundidad de los hoyos. El año pasado, por un extraño e inexplicable fenómeno, una lechuga, una lechuga romana alta como la mano, roída y de un amarillo sucio, tuvo el singular capricho de crecer en un rincón del huerto. Gobichon invitó a treinta personas a cenar para celebrar aquella lechuga.

Pasa la jornada entera al sol, cegado por la luz intensa, asfixiado por el polvo. A su lado se encuentra su esposa que lleva la abnegación hasta el sofoco. El joven Gobichon busca desesperadamente los delgados hilillos de sombra que forman los muros.

Por la tarde, toda la familia se sienta junto al estanque vacío y goza en paz de los encantos de la naturaleza. Las fábricas de los alrededores lanzan una negra humareda; las locomotoras pasan silbando, llevando toda una masa endomingada y ruidosa; los horizontes se extienden, devastados, más tristes aún por el eco de esas carcajadas que regresan a París para una larga semana. Y, mezclados con la fetidez del Bièvre, los olores de fritura y de polvo pasan por el aire pesado.

Gobichon, enternecido, contempla religiosamente cómo surge la luna entre dos chimeneas.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Oscar Wilde

Oscar Wilde nace el 16 de octubre de 1854 en Dublin, hijo de Sir William Wilde, un prestigioso filántropo, oftalmólogo y otorrinolaringólogo, y lady Jane Francesca Elgee, o lady Wilde una extravagante dama que escribió sus propios textos bajo el seudónimo de Speranza y organizaba salones para literatos e intelectuales en su propia casa. Oscar se forma en colegios de mucho renombre y destaca en numerosas materias aunque lo que más le interesa son las lenguas clásicas y la literatura inglesa. Pasa sus veranos en Francia, y ya en su época de estudiante comienza a escribir sus primeros poemas, y obtiene algunos premios y becas. Wilde era extravagante como su madre, en el vestir, en su forma de hablar... Amaba la belleza y se rodeaba de ella. Era un "esteta", lo que, no siempre para bien, le hacía sobresalir. Viajó a Italia y Grecia y también a América donde estrena su primera obra de teatro, y da conferencias. Más adelante se asienta en Londres, donde se casa con Constance Mary Lloyd, una célebre y bella jurista, con quien tiene dos hijos, Cyril y Vyvyan. Wilde comienza a trabajar como periodista y a escribir algunas de sus mejores obras, entre ellas algunos cuentos bajo el título de El Príncipe Feliz. Hacia 1891, ya aclamado y famoso, es siempre invitado a los foros de intelectuales y fiestas londinenses, donde su sola presencia, las historias que relataba, su conversación ingeniosa, garantizaban el éxito de estas reuniones.

Entre otras importantes obras escribió El retrato de Dorian Grey, Un marido ideal, y La importancia de llamarse Ernesto, en las que retrata muy bien la sociedad de su época. Para Wilde, el bien, la belleza y la verdad eran una misma cosa. El gigante egoísta es uno de los cuentos que integran el libro de relatos El Príncipe Feliz, de 1888.

Oscar muere a los 46 años, de una grave enfermedad, en París, el 30 de noviembre de 1900.






Fuente: http://paraninosconcabeza.blogspot.com/2007/12/oscar-wilde-breve-iografa.html

jueves, 15 de diciembre de 2011

La última noche


Por: Pablo Palacín Pi

En un primer momento no supo identificar lo que le había despertado. Las saetas del reloj aún no habían llegado al punto fatídico en el que harían sonar la doble campana que coronaba su esfera lacada en blanco; a su lado, Delia roncaba suavemente, con ese ronroneo monótono pero confiado que se asemejaba al de los gatos cuando los acaricia una mano amiga; al otro lado del pasillo, el pequeño Luis se removió inquieto durante un instante, pero después de encontrar la postura adecuada volvió a sumergirse hacia el sueño profundo.
Entonces, ¿qué había sido?
Lo único que tal vez no encajaba dentro de la normalidad era esa ligera opresión en el pecho, un poco hacia la izquierda. Intentó respirar hondo y le pareció que al corazón le costaba un esfuerzo extra asimilar ese plus de oxígeno que le llegaba desde los pulmones, como si el pim-pam, pim-pam, cojeara un poco de alguna de sus patas, pero al intentarlo de nuevo el compás cardíaco se estabilizó.
"Ya estamos con esa dichosa arritmia", pensó con fastidio. Y es que el cardiólogo se lo había avisado en la última visita: "Fumas demasiado, tienes un trabajo sedentario y coges el coche hasta para ir a la panadería de la esquina; si a eso le añades la copita de coñac después de las comidas y algún que otro whisky el fin de semana, me temo que eres como una bomba ambulante. Y la arritmia no es más que un aviso". Pamplinas. Su abuelo fumaba como un bocanegra, su padre bebía como un cosaco y ambos llegaron hasta los ochenta en plenitud de facultades. Eran hombres del campo, eso sí, que trabajaban de sol a sol y a veces incluso más, pero eso no tenía importancia. Todos los matasanos eran unos aguafiestas, siempre con sus chequeos, sus revisiones, sus avisos, sus prohibiciones…
Pero esta vez la opresión le estaba durando más de lo habitual. Tal vez fuera suficiente con incorporarse un poco y esperar. Eso era: en cuanto levantó la cabeza de la almohada comenzó a respirar mejor y su pecho volvió a subir y bajar con normalidad. ¿Despertar a Delia por esa tontería? No tenía ningún sentido asustarla. Tal vez por la mañana debería decirle lo que había pasado para que, una vez que dejaran a Luisito en el colegio, le acompañara al médico. No es que se encontrara mal, desde luego, pero en esta ocasión se sentía preocupado.
Recordó el libro aquel que había leído hacía poco, ese del médico americano que escribía novelas policiacas… ¿Cómo se llamaba?… Robin Cook, eso es. En "Miedo mortal" describía con todo lujo de detalles un ataque al corazón, y Jesús sintió que se le ponían los pelos de punta al evocar aquellas líneas. "El dolor era como un cuchillo al rojo vivo clavado en el pecho…". Por fortuna no era este su caso, sino más bien como cuando su hijo se le subía encima para jugar a caballito. Delia acudía enseguida a quitárselo de encima y él hacía como que se enfadaba un poquito con ella por interrumpir el juego, pero en el fondo agradecía que se acabara aquella pequeña tortura.
Luisito dio una patada a las sábanas, encendió la lamparita de su mesilla y se levantó con paso presuroso hacia el cuarto de baño. Hizo un pipí tan largo que pareció que no iba a acabarse nunca y regresó a la cama, ahora con andares vacilantes por la modorra. Jesús esperaba que le llamase par arroparle o para pedir un vaso de agua, pero después de otra pequeña pelea con las sábanas volvió a apagar la luz y unos instantes más tarde descansaba plácidamente.
"Será mejor que intente dormir yo también antes de que me desvele por completo". Volvió a acostarse y Delia, tal vez molesta por el movimiento, gimió en sueños y se dio la vuelta hasta quedar hacia su lado. Tenía medio rostro oculto por la almohada, pero Jesús pudo apreciar el otro medio gracias a la luz que se filtraba por los ojillos de la persiana entreabierta (el vecino de la otra escalera, el panadero, se levantaba temprano). Qué hermosa era. Aun con el cabello revuelto. Todavía recordaba la primera noche que pasaron juntos, en aquella habitación de un hotelucho del centro de Zaragoza dedicado a estos menesteres y a otros menos poéticos; fue en plenas Fiestas del Pilar, y engañaron a sus respectivas familias con la excusa de que iban a pasar la noche entera con la pandilla del instituto, y que cuando el sol asomara por encima de los tejados se irían a comer juntos el clásico chocolate con churros. Y es cierto que no durmieron en toda la noche, pero dedicados a un descubrimiento mutuo en el que ambos aprendieron mucho de la anatomía del sexo opuesto y más del amor hacia el otro. Sólo de madrugada, vencidos y agotados, cayeron en un agradable sopor del que despertaron sorprendidos de su propio aspecto, de los cabellos encrespados, de los ojos hinchados y enrojecidos, de los rostros embotados por la falta de sueño. Y rieron, y lloraron, y se abrazaron jurándose amor eterno. Y aunque esa experiencia se repitió en varias ocasiones, en ese mismo hotel o en otro semejante, en paradores o en tiendas de campaña, nunca olvidaron ese primer despertar juntos.
Al recordar aquellos encuentros, el cuerpo desnudo de Delia, sus pechos menudos, sus nalgas rotundas, su vagina cálida y acogedora, Jesús sintió que el pulso se le aceleraba involuntariamente, y la opresión en el pecho volvió a asaltarle. Esta vez se asustó de verdad porque nunca antes le había ocurrido eso, repetirle la arritmia, y volvió a pensar en despertar a su esposa para consultarle. ¿Y qué iban a hacer? ¿Salir corriendo de casa hacia el servicio de urgencias del hospital más cercano? ¿Y Luisito? No, sería mejor volver a incorporarse y esperar a que se le pasara del todo. O, mejor todavía, levantarse. Pero la casa estaba fría, la cama caliente y no le apetecía empezar a rebuscar por el armario hasta encontrar el albornoz. A oscuras seguro que tiraba alguna percha y con el estrépito despertaba a la familia. No, seguiría en la cama, sentado si era necesario, hasta que se le pasase.
Para distraerse, intentó acomodar la respiración al segundero del reloj de la cocina. Inspiración de dos segundos por la nariz, expiración de tres segundos por la boca; inspiración, expiración; inspiración, expiración… Poco a poco el corazón volvió a latirle con regularidad, la opresión fue disminuyendo y él también se relajó un tanto.
"Decididamente, mañana iremos al médico. Y si me dice que tengo que dejar de fumar, lo haré, aunque me cueste comerme una docena de chicles diarios. Qué coño, la salud es lo primero".
Luisito habló en sueños, Delia volvió a cambiar de postura y Jesús inició una vez más el descenso hacia la almohada. Lo hizo despacio, atento a cualquier mensaje de alarma de su corazón para incorporarse de nuevo, pero nada ocurrió. Acomodó el cuerpo en el colchón, intentó aspirar hondo y esta vez ya no pudo moverse.
El dolor, una puñalada trapera asestada a traición, le recorrió todo el cuerpo como un calambre que forzara sus tendones hasta ponerlos tensos como cuerdas de violín, hasta que una mano poderosa comenzó a apretar su corazón. Aquello sí que tenía todos los visos de ser un infarto. Aferrado a las sábanas, gimiendo en silencio, aterrorizado, fue contando las pulsaciones de aquel músculo desbocado que le había mantenido con vida hasta entonces y que ahora comenzaba a fallar de una forma tan desconsiderada. Sintió que la presión en el fondo de sus ojos aumentaba hasta verlo todo rojo a pesar de la oscuridad, y en el último instante, antes de que el corazón reventara como una flor, supo que se le había parado definitivamente y que eso ya no tenía remedio. Y continuó consciente mientras su propia luz se apagaba poco a poco, como si se encontrase en el palco de un teatro y estuviera a punto de comenzar una función a la que él ya no iba a asistir.
Cuando todo acabó, su cuerpo crispado se relajó sobre las sábanas, las manos adoptaron una postura completamente natural y en su rostro los labios casi sonreían.
- Jesús, el despertador… No te hagas el remolón, que luego te tocará correr para llegar a tiempo a la oficina… Venga, hombre, levanta de una vez… Qué frío estás. ¿Es que no te encuentras bien?… ¡Jesúúús!
- Menudo golpe.
- Ya lo creo. Que suene el despertador y te encuentres a tu marido más seco que un bacalao.
- De todas formas, más vale eso que quedarse cruzado en una cama.
- Desde luego.
- Y no debió sufrir nada.
- Nada. ¿No te has fijado en su rostro?
- Chisst… Ya sale el cura.
- En el nombre del Padre, y del Hijo,…

jueves, 8 de diciembre de 2011

La belleza invisible


Por: Armando Vega-Gil

Berenice quedó ciega a los veinte años, justo en la cumbre del camino en el que descubría la belleza. Y la belleza era un escaparate inmediato, concreto, que potenciaba el amor como una esperanza germinal o, más aún, como el inicio de una búsqueda hecha de pura angustia y sobresaltos. Así, Berenice avanzaba hacia el futuro trastabillado entre el más delicioso terror, la euforia y la melancolía. Creyó ser bella, anheló ser bella y, con una inocencia empedrada de malicia y fiebres húmedas, se sumergió en la búsqueda de un hombre que la complementara, que la volviera una sola voluntad compartida, unidad insoluble de privilegios y sueños.

Berenice tenía veinte años y buscaba el espejo de la belleza para iniciar el diálogo de la vida cuado un accidente de carretera la dejó ciega. El horror de aquel instante se enquistó en su alma joven y, vuelto un cáncer, le corroía implacable aquel anhelo de ser hermosa, completa, deseada.

Así, por una decisión que había tomado como condena, se hundió en un pozo de fealdad y repulsión, tanto más dañino por cuanto la luz de aquella belleza inalcanzable le cauterizaba las heridas siempre abiertas. Berenice comenzó a castigarse hasta llegar a ser menos que el fantasma de sí misma. En el espejo oscuro de la ceguera, se veía como un ser monstruoso, con las cuencas de los ojos vacías, sus párpados distendidos como dos bocas sonrosadas por donde murmuraban el rechazo de los hombres y la deformidad: branquias de un pez que agoniza en una playa sin mar ni sol, nocturno mar desolado.

Y cuanto más se imaginaba Berenice aquel ser desfigurado, más el recuerdo de su belleza le iba ganando en tiempo a la carne, hasta que al fin la encontraron colgada en la regadera de un cuartucho de hotel, desnuda, húmeda por el vapor del agua aún caliente que la contemplaba en un espejo azorado; húmeda todavía por esas lágrimas de polvo que no podrían llorar más sus ojos sin vida.

Los hombres que rescataron su cadáver aseguraban jamás haber visto belleza mayor a la de esta joven que, en el momento exacto de morir, por el influjo de un milagro inesperado, recuperó la vista.

Sus ojos habían renacido como dos capullos fugaces para ver, cara a cara, cuán hermosa es la muerte.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El Diablo y el relojero



Por: Daniel Defoe

Vivía en la parroquia de San Bennet Funk, cerca del Mercado Real, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.

En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

-¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».

Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:

-¿Que pasa? ¿Por qué no bajas al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.

El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convencerlos de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el Diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del Demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al Diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el Diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Edgar Allan Poe



Nació en Boston, el 19 de enero de 1809. Fue llamado Edgar, por sus padres, los actores, David Poe y Elizabeth Arnold. Su madre falleció de tuberculosis,
antes de que cumpliera la edad de tres años, y abandonado por su padre, fue adoptado por John y Frances Allan, quienes lo bautizaron como Edgar Allan Poe.
Estudió en Inglaterra, en el Manor House School, entre 1815 y 1820, fecha en que regresó a Estados Unidos, para comenzar su actividad literaria. Se incorporó a la academia militar de West Point para luego desempeñarse como editor.
En 1824 escribió un poema de dos líneas, considerado su más temprana producción, que no fue publicado hasta después de su muerte.
En 1827 se distanció de su padre adoptivo por causas económicas, ya que éste se negó a pagar sus deudas, ocasionadas por una vida de juegos y alcohol, abandonando los estudios, y publicando en Boston “Tamerlán y otros poemas”, bajo el seudónimo “El bostoniano”. En 1829, publicó en Baltimore, su segundo libro “Al Araaf, Tamerlán y otros pequeños poemas”.
En 1833, es galardonado con el premio de la revista Saturday Visiter de Baltimore, por su cuento “Manuscrito hallado en una botella”.
Contrajo enlace en 1836, con una niña de apenas trece años, prima suya, Virginia Clemm, con quien se instaló en Filadelfia. Virginia fallece de tuberculosis en 1847, y el autor canalizó su angustia en el alcohol lo que lo condujo a la locura.
Ya había escrito, en 1838, “Narración de Arthur Gordon Pym”, en 1840 “Cuentos de grotesco y arabesco” y sus dos obras maestras: “El escarabajo de oro” en 1843, consagrado con el primer premio en el concurso del Dollar Newspaper de Filadelfia, y “El cuervo” en 1845.
Luego de la muerte de su esposa, publica “Eureka, un poema en prosa, en 1848.
Conocido como el primer maestro del relato corto, y renovador de la novela gótica, como cuentista, se destacó por sus relatos fantásticos como “La caída de la Casa Usher”, “El corazón delator”, “El gato negro” y “William Wilson” y por sus temas de contenido detectivescos como “Los crímenes de la calle Morgue”, “el misterio de Marie Roget” y “la carta robada”.



El Retrato Oval


 Por: Edgar Allan Poe

El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.
Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.

Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida. El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo , todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva.
Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros.
Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:

“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y, se desposó con él.

“Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso.
"El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.
"Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él.

"Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible: “—¡En verdad esta es la vida misma!”— Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada,... ¡Estaba muerta!”.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ryunosuke Akutagawa

(Japón, 1892-1927) Escritor japonés nacido en Tokio, que evocó en sus obras el espíritu de ésta ciudad, como también lo hicieron Baudelaire (París) y Kafka (Praga). Estudió literatura en la Universidad Imperial de Tokio, y allí, en la revista Shin-Shicho (Tendencias del nuevo pensamiento), publicó traducciones suyas de Anatole France y Keats, un cuento y una obra de teatro. En 1915 recibió el reconocimiento internacional por su novela Rashomon, que más tarde el director Akira Kurosawa llevaría al cine. Fue profesor de inglés y viajó por China, Corea y Rusia. Dedicó toda su vida al cultivo de la literatura preocupándose con excepcional cuidado de la perfección técnica y estilística en sus textos. Su obras En el bosque (1914), La nariz (1916), Figuras infernales (1918), El engranaje (1927) y Kappa (1927), además de sus casi diez volúmenes de ensayos literarios, cuentos cortos, y novelas son una magistral reinterpretación de tradiciones y leyendas de Asia, marcadas por una profunda introducción de pensamiento occidental y técnica literaria. En 1922 su salud y sus nervios empezarían a resquebrajarse, y con ello, el fantasma de la locura. Esta le perseguía desde que tuvo conciencia de la enfermedad de su madre, fallecida cuando él era un niño, y oscurecería la visión que tenía de sí mismo y de su futuro. Durante su último año de vida, padeció diversas alucinaciones y prácticamente no salió de su habitación, la cual permanecía siempre a oscuras, ya fuera de día o de noche. El 24 de julio de 1927 el cada vez más inestable Akutagawa, se suicidó con una sobredosis de veronal, a la edad de treinta y cinco años



La nariz



Por Ryunosuke Akutagawa

No hay nadie, en todo Ike-no-wo, que no conozca la nariz de Zenchi Naigu. Medirá unos 16 centímetros, y es como un colgajo que desciende hasta más abajo del mentón. Es de grosor parejo desde el comienzo al fin; en una palabra, una cosa larga, con aspecto de embutido, que le cae desde el centro de la cara.

Naigu tiene más de 50 años, y desde sus tiempos de novicio, y aun encontrándose al frente de los seminarios de la corte, ha vivido constantemente preocupado por su nariz. Por cierto que simula la mayor indiferencia, no ya porque su condición de sacerdote "que aspira a la salvación en la Tierra Pura del Oeste" le impida abstraerse en tales problemas, sino más bien porque le disgusta que los demás piensen que a él le preocupa. Naigu teme la aparición de la palabra nariz en las conversaciones cotidianas.
Existen dos razones para que a Naigu le moleste su nariz. La primera de ellas: la gran incomodidad que provoca su tamaño. Esto no le permitió nunca comer solo, pues la nariz se le hundía en las comidas. Entonces Naigu hacía sentar mesa por medio a un discípulo, a quien le ordenaba sostener la nariz con una tablilla de unos cuatro centímetros de ancho y sesenta y seis centímetros de largo mientras duraba la comida. Pero comer en esas condiciones no era tarea fácil ni para el uno ni para el otro. Cierta vez, un ayudante que reemplazaba a ese discípulo estornudó, y al perder el pulso, la nariz que sostenía se precipitó dentro de la sopa de arroz; la noticia se propaló hasta llegar a Kyoto. Pero no eran esas pequeñeces la verdadera causa del pesar de Naigu. Le mortificaba sentirse herido en su orgullo a causa de la nariz.
La gente del pueblo opinaba que Naigu debía de sentirse feliz, ya que al no poder casarse, se beneficiaba como sacerdote; pensaban que con esa nariz ninguna mujer aceptaría unirse a él. También se decía, maliciosamente, que él había decidido su vocación justamente a raíz de esa desgracia. Pero ni el mismo Naigu pensó jamás que el tomar los hábitos le aliviara esa preocupación. Empero, la dignidad de Naigu no podía ser turbada por un hecho tan accesorio como podía ser el de tomar una mujer. De ahí que tratara, activa o pasivamente, de restaurar su orgullo mal herido.
En primer lugar, pensó en encontrar algún modo de que la nariz aparentara ser más corta. Cuando se encontraba solo, frente al espejo, estudiaba su cara detenidamente desde diversos ángulos. Otras veces, no satisfecho con cambiar de posiciones, ensayaba pacientemente apoyar la cara entre las manos, o sostener con un dedo el centro del mentón. Pero lamentablemente, no hubo una sola vez en que la nariz se viera satisfactoriamente más corta de lo que era. Ocurría, además, que cuando más se empeñaba, más larga la veía cada vez. Entonces guardaba el espejo y, suspirando hondamente, volvía descorazonado a la mesa de oraciones. De allí en adelante mantuvo fija su atención en la nariz de los demás.
En el templo de lke-no-wo funcionaban frecuentemente seminarios para los sacerdotes; en el interior del templo existen numerosas habitaciones destinadas a alojamiento, y las salas de baños se habilitan en forma permanente. De modo que allí el movimiento de sacerdotes era continuo. Naigu escrutaba pacientemente la cara de todos ellos con la esperanza de encontrar siquiera una persona que tuviera una nariz semejante a la suya. Nada le importaban los lujosos hábitos que vestían, sobre todo porque estaba habituado a verlos. Naigu no miraba a la gente, miraba las narices. Pero aunque las había aguileñas, no encontraba ninguna como la suya; y cada vez que comprobaba esto, su mal humor iba creciendo. Si al hablar con alguien inconscientemente se tocaba el extremo de su enorme nariz y se le veía enrojecer de vergüenza a pesar de su edad, ello denunciaba su mal humor.
Recurrió entonces a los textos budistas en busca de alguna hipertrofia. Pero para desconsuelo de Naigu, nada le decía si el famoso sacerdote japonés Nichiren, o Sãriputra, uno de los diez discípulos de Buda, habían tenido narices largas. Seguramente tanto Nãgãrjuna, el conocido filósofo budista del siglo II, como Bamei, otro ilustre sacerdote, tenían una nariz normal. Cuando Naigu supo que Ryugentoku, personaje legendario del país Shu, de China, había tenido grandes orejas, pensó cuánto lo habría consolado si, en lugar de esas orejas, se hubiese tratado de la nariz.
Pero no es de extrañar que, a pesar de estos lamentos, Naigu intentara en toda forma reducir el tamaño de su nariz. Hizo cuanto le fue dado hacer, desde beber una cocción de uñas de cuervo hasta frotar la nariz con orina de ratón. Pero nada. La nariz seguía colgando lánguidamente.
Hasta que un otoño, un discípulo enviado en una misión a Kyoto, reveló que había aprendido de un médico su tratamiento para acortar narices. Sin embargo, Naigu, dando a entender que no le importaba tener esa nariz, se negó a poner en práctica el tratamiento de ese médico de origen chino, si bien, por otra parte, esperaba que el discípulo insistiera en ello, y a la hora de las comidas decía ante todos, intencionalmente, que no deseaba molestar al discípulo por semejante tontería. El discípulo, advirtiendo la maniobra, sintió más compasión que desagrado, y tal como Naigu lo esperaba, volvió a insistir para que ensayara el método. Naturalmente, Naigu accedió.
El método era muy simple, y consistía en hervir la nariz y pisotearla después. El discípulo trajo del baño un balde de agua tan caliente que no podía introducirse en ella el dedo. Como había peligro de quemarse con el vapor, el discípulo abrió un agujero en una tabla redonda, y tapando con ella el balde hizo a Naigu introducir su nariz en el orificio. La nariz no experimentó ninguna sensación al sumergirse en el agua caliente. Pasado un momento dijo el discípulo:
-Creo que ya ha hervido.
Naigu sonrió amargamente; oyendo sólo estas palabras nadie hubiera imaginado que lo que se estaba hirviendo era su nariz. Le picaba intensamente. El discípulo la recogió del balde y empezó a pisotear el promontorio humeante. Acostado y con la nariz sobre una tabla, Naigu observaba cómo los pies del discípulo subían y bajaban delante de sus ojos. Mirando la cabeza calva del maestro aquél le decía de vez en cuando, apesadumbrado:
-¿No te duele? ¿Sabes?... el médico me dijo que pisara con fuerza. Pero, ¿no te duele?
En verdad, no sentía ni el más mínimo dolor, puesto que le aliviaba la picazón en el lugar exacto.
Al cabo de un momento unos granitos empezaron a formarse en la nariz. Era como si se hubiera asado un pájaro desplumado. Al ver esto, el discípulo dejó de pisar y dijo como si hablara consigo mismo: "El médico dijo que había que sacar los granos con una pinza".
Expresando en el rostro su disconformidad con el trato que le daba el discípulo, Naigu callaba. No dejaba de valorar la amabilidad de éste. Pero tampoco podía tolerar que tratase su nariz como una cosa cualquiera. Como el paciente que duda de la eficacia de un tratamiento, Naigu miraba con desconfianza cómo el discípulo arrancaba los granos de su nariz.
Al término de esta operación, el discípulo le anunció con cierto alivio:
-Tendrás que hervirla de nuevo.
La segunda vez comprobaron que se había acortado mucho más que antes. Acariciándola aún, Naigu se miró avergonzado en el espejo que le tendía el discípulo. La nariz, que antes le llegara a la mandíbula, se había reducido hasta quedar sólo a la altura del labio superior. Estaba, naturalmente, enrojecida a consecuencia del pisoteo.
"En adelante ya nadie podrá burlarse de mi nariz". El rostro reflejado en el espejo contemplaba satisfecho a Naigu.
Pasó el resto del día con el temor de que la nariz recuperara su tamaño anterior. Mientras leía los sutras, o durante las comidas, en fin, en todo momento, se tanteaba la nariz para poder desechar sus dudas. Pero la nariz se mantenía respetuosamente en su nuevo estado. Cuando despertó al día siguiente, de nuevo se llevó la mano a la nariz, y comprobó que no había vuelto a sufrir ningún cambio. Naigu experimentó un alivio y una satisfacción sólo comparables a los que sentía cada vez que terminaba de copiar los sutras.
Pero después de dos o tres días comprobó que algo extraño ocurría. Un conocido samurai que de visita al templo lo había entrevistado, no había hecho otra cosa que mirar su nariz y, conteniendo la risa, apenas le había hablado. Y para colmo, el ayudante que había hecho caer la nariz dentro de la sopa de arroz, al cruzarse con Naigu fuera del recinto de lectura, había bajado la cabeza, pero luego, sin poder contenerse más, se había reído abiertamente. Los practicantes que recibían de él alguna orden lo escuchaban ceremoniosamente, pero una vez que él se alejaba rompían a reír. Eso no ocurrió ni una ni dos veces. Al principio Naigu lo interpretó como una consecuencia natural del cambio de su fisonomía. Pero esta explicación no era suficiente; aunque el motivo fuera ése, el modo de burlarse era "diferente" al de antes, cuando ostentaba su larga nariz. Si en Naigu la nariz corta resultaba más cómica que la anterior, ésa era otra cuestión; al parecer, ahí había algo más que eso...
"Pero si antes no se reían tan abiertamente..." Así cavilaba Naigu, dejando de leer el sutra e inclinando su cabeza calva. Contemplando la pintura de Samantabliadra, recordó su larga nariz de días atrás, y se quedó meditando como "aquel ser repudiado y desterrado que recuerda tristemente su glorioso pasado". Naigu no poseía, lamentablemente, la inteligencia suficiente para responder a este problema.
En el hombre conviven dos sentimientos opuestos. No hay nadie, por ejemplo, que ante la desgracia del prójimo, no sienta compasión. Pero si esa misma persona consigue superar esa desgracia ya no nos emociona mayormente. Exagerando, nos tienta a hacerla caer de nuevo en su anterior estado. Y sin darnos cuenta sentimos cierta hostilidad hacia ella. Lo que Naigu sintió en la actitud de todos ellos fue, aunque él no lo supiera con exactitud, precisamente ese egoísmo del observador ajeno ante la desgracia del prójimo.
Día a día Naigu se volvía más irritable e irascible. Se enfadaba por cualquier insignificancia. El mismo discípulo que le había practicado la cura con la mejor voluntad, empezó a decir que Naigu recibiría el castigo de Buda. Lo que enfureció particularmente a Naigu fue que, cierto día, escuchó agudos ladridos y al asomarse para ver qué ocurría, se encontró con que el ayudante perseguía a un perro de pelos largos con una tabla de unos setenta centímetros de largo, gritando: "La nariz, te pegaré en la nariz".
Naigu le arrebató el palo y le pegó en la cidra al ayudante. Era la misma tabla que había servido antes para sostener su nariz cuando comía.
Naigu lamentó lo sucedido, y se arrepintió más que nunca de haber acortado su nariz.
Una noche soplaba el viento y se escuchaba el tañido de la campana del templo. El anciano Naigu trataba de dormir, pero el frío que comenzaba a llegar se lo impedía. Daba vueltas en el lecho tratando de conciliar el sueño, cuando sintió una picazón en la nariz. Al pasarse la mano la notó algo hinchada e incluso afiebrada.
-Debo haber enfermado por el tratamiento.
En actitud de elevar una ofrenda, ceremoniosamente, sujetó la nariz con ambas manos. A la mañana. siguiente, al levantarse temprano como de costumbre, vio el jardín del templo cubierto por las hojas muertas de las breneas y los castaños, caídas en la noche anterior. El jardín brillaba como si fuera de oro por las hojas amarillentas. El sol empezaba a asomarse. Naigu salió a la galería que daba al jardín y aspiró profundamente.
En ese momento, sintió retornar una sensación que había estado a punto de olvidar. Instintivamente se llevó las manos a la nariz. ¡Era la nariz de antes, con sus 16 centímetros! Naigu volvió a sentirse tan lleno de júbilo como cuando comprobó su reducción.
-Desde ahora nadie volverá a burlarse de mí.
Así murmuró para sí mismo, haciendo oscilar con delicia la larga nariz en la brisa matinal del otoño.