miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tía Mariana

Por: Ángeles Mastretta

La tía Mariana le costaba mucho trabajo entender lo que le había hecho la vida. Decía la vida para darle algún nombre al montón de casualidades que la habían colocado poco a poco, aunque la suma se presentara como una tragedia fulminante, en las condiciones de postración con las cuales tenía que lidiar cada mañana.

Para todo el mundo, incluida su madre, casi todas sus amigas, y todas las amigas de su madre -ya no digamos su suegra, sus cuñadas, los miembros del Club Rotario, Monseñor Figueroa y hasta el Presidente municipal-, ella era una mujer con suerte. Se había casado con un hombre de bien, empeñado en el bien común, depositario del noventa por ciento de los planes modernizadores y las actividades de solidaridad social con los que contaba la sociedad poblana de los años cuarenta. Era la célebre esposa de un hombre célebre, la sonriente compañera de un prócer, la más querida y respetada de todas las mujeres que iban a misa los domingos. De remate, su marido era guapo como Maximiliano de Habsburgo, elegante como el príncipe Felipe, generoso como San Francisco y prudente como el provincial de los jesuitas. Por si fuera poco, era rico, como los hacendados de antes y buen inversionista, como los libaneses de ahora.

Estaba la situación de la tía Mariana como para vivir agradecida y feliz todos los días de su vida. Y nunca hubiera sido de otro modo si, como sólo ella sabía, no se le hubiera cruzado la inmensa pena de avizorar la dicha. Sólo a ella le podía haber ocurrido semejante idiotez. Tan en paz que se había propuesto vivir, ¿por qué tuvo que dejarse cruzar por la guerra? Nunca acabaría de arrepentirse, como si uno pudiera arrepentirse de lo que no elige. Porque la verdad es que a ella el torbellino se le metió hasta el fondo como entran por toda la casa los olores que salen de la cocina, como la imprevisible punzada con que aparece y se queda un dolor de muela. Y se enamoró, se enamoró, se enamoró.

De la noche a la mañana perdió la suave tranquilidad con que despertaba para vestir a los niños y dejarse desvestir por su marido. Perdió la lenta lujuria con que bebía su jugo de naranja y el deleite que le provocaba sentarse a planear el menú de la comida durante media hora de cada día. Perdió la paciencia con que escuchaba a su impertinente cuñada, las ganas de hacer pasteles toda una tarde, la habilidad para hundirse sonriente en la tediosa parejura de las cenas familiares. Perdió la paz que había mecido sus barrigas de embarazada y el sueño caliente y generoso que le tomaba el cuerpo por las noches. Perdió la voz discreta y los silencios de éxtasis con que rodeaba las opiniones y los planes de su marido.

En cambio, adquirió una terrible habilidad para olvidarlo todo, desde las llaves hasta los nombres. Se volvió distraída como una alumna sorda y anuente como los mal aconsejados por la indiferencia. Nada más tenía una pasión. ¡Ella, que se dijo hecha para las causas menores, que apostó a no tener que solucionar más deseos que los ajenos, que gozaba sin ruido con las plantas y la pecera, los calcetines sin doblar y los cajones ordenados!

Vivía de pronto en el caos que se deriva de la excitación permanente, en el palabrerío que esconde un miedo enorme, saltando del júbilo a la desdicha con la obsesión enfebrecida de quienes están poseídos por una sola causa. Se preguntaba todo el tiempo cómo había podido pasarle aquello. No podía creer que el recién conocido cuerpo de un hombre que nunca previó, la tuviera en ese estado de confusión.

-Lo odio -decía y tras decirlo se entregaba al cuidado febril de su uñas y su pelo, a los ejercicios para hacer cintura y a quitarse los vellos de las piernas, uno por uno, con unas pinzas para depilar cejas.

Se compró la ropa interior más tersa que haya dado seda alguna, y sorprendió a su marido con una colección de pantaletas brillantes, ¡ella que se había pasado la vida hablando de las virtudes del algodón!

-Quién me lo iba a decir -murmuraba, caminando por el jardín, o mientras intentaba regar las plantas del corredor. Por primera vez en su vida, se había acabado el dineral que su marido le ponía cada mes en la caja fuerte de su ropero. Se había comprado tres vestidos en una misma semana, cuando ella estrenaba uno al mes para no molestar con ostentaciones. y había ido al joyero por la cadena larga de oro torcido, cuyo precio le parecía un escándalo.

-Estoy loca -se decía, usando el calificativo que usó siempre para descalificar a quienes no estaban de acuerdo con ella. Y es que ella no estaba de acuerdo con ella. ¿A quién se le ocurría enamorarse? ¡Qué insensatez! Sin embargo se dejaba ir por el precipicio insensato de necesitar a alguien. Porque tenía una insobornable necesidad de aquel señor que, al contrario de su marido, hablaba muy poco, no explicaba su silencio y tenía unas manos insustituibles. Sólo por ellas valía la pena arriesgarse todos los días a estar muerta. Porque muerta iba a estar si se sabía su desvarío. Aunque su marido fuera bueno con ella como lo era con todo el mundo, nada la salvaría de enfrentarse al linchamiento colectivo. Viva la quemarían en el atrio de la catedral o en el zócalo, todos los adoradores de su adorable marido.

Cuando llegaba a esta conclusión, detenía los ojos en el infinito y poco a poco iba sintiendo cómo la culpa se le salía del cuerpo y le dejaba el sitio a un miedo enorme. A veces pasaba horas presa de la quemazón que la destruiría, oyendo hasta las voces de sus amigas llamarla "puta" y "mal agradecida". Luego, como si hubiera tenido una premonición celestial, abría una sonrisa por en medio de su cara llena de lágrimas y se llenaba los brazos de pulseras y el cuello de perfumes, antes de ir a esconderse en la dicha que no se le gastaba todavía.

Era un hombre suave y silencioso el amante de la tía Mariana. La iba queriendo sin prisa y sin órdenes, como si fueran iguales. Luego pedía:

-Cuéntame algo.

Entonces la tía Mariana le contaba las gripas de los niños, los menús, sus olvidos y, con toda precisión, cada una de las cosas que le habían pasado desde su último encuentro. Lo hacía reír hasta que todo su cuerpo recuperaba el jolgorio de los veinte años.

-Con razón sueño que me queman a media calle. Me lo he de merecer -murmuraba para sí la tía Mariana, sacudiéndose la paja de un establo en Chipilo. El refrigerador de su casa estaba siempre surtido con los quesos que ella iba a buscar a aquel pueblo, lleno de moscas y campesinos güeros que descendían de los primeros italianos sembradores de algo en México. A veces pensaba que su abuelo hubiera aprobado su proclividad por un hombre que, como él, podría haber nacido en las montañas del Piamonte. Hacía el regreso, todavía con luz, en su auto rojo despojado de chofer.

Una tarde, al volver, la rebasó el Mercedes Benz de su marido. Era el único Mercedes que había en Puebla y ella estuvo segura de haber visto dos cabezas cuando lo miró pasar. Pero cuando quedó colocado delante de su coche, lo único que vio fue la honrada cabeza de su marido volviendo a solas del rancho en Matamoros.

-De qué color tendré la conciencia -dijo para sí la tía Mariana y siguió el coche de su marido por la carretera.

Viajaron un coche adelante y otro atrás todo el camino, hasta llegar a la entrada de la ciudad, en donde uno dio vuelta a la derecha y la otra a la izquierda, sacando la mano por la ventanilla para decirse adiós en el mutuo acuerdo de que a las siete de la tarde todavía cada quien tenía deberes por separado.

La tía Mariana pensó que sus hijos estarían apunto de pedir la merienda y que ella nunca los dejaba solos a esas horas. Sin embargo, la culpa le había caído de golpe pensando en su marido trabajador, capaz de pasar el día solo entre los sembradíos de melón y jitomate que visitaba los jueves hasta Matamoros, para después volver a la tienda y al club Rotario, sin permitirse la más mínima tregua. Decidió dar la vuelta y alcanzarlo en ese momento, para contarle la maldad que le tenía tomado el corazón. Eso hizo. En dos minutos dio con el tranquilo paso del Mercedes dentro del cual reinaba la cabeza elegante de su marido. Le temblaban las manos y tenía la punta de una lágrima en cada ojo, acercó su coche al de su esposo sintiendo que ponía el último esfuerzo de su vida en la mano que agitaba llamándolo. Su gesto entero imploraba perdón antes de haber abierto la  boca. Entonces vio la hermosa cabeza de una mujer recostada sobre el asiento muy cerca de las piernas de su marido. Y por primera vez en mucho tiempo sintió alivio, cambió la pena por sorpresa y después la sorpresa por paz.

Durante años, la ciudad habló de la dulzura con que la tía Mariana había sobrellevado el romance de su marido con Amelia Berumen. Lo que nadie pudo entender nunca fue cómo ni siquiera durante esos meses de pena ella interrumpió su absurda costumbre de ir hasta Chipilo a comprar los quesos de la semana.

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