martes, 22 de noviembre de 2011

Encrucijada


Por: Manuel Vargas 

Una tarde, el vaquero Ismael Rifarachi caminaba por la única calle de un pueblo muerto, seguido de su caballo. Tenía la boca amarga y el trasero adormecido de tanto cabalgar. No había dónde tomar una tutuma de agua, ni cómo recostarse para espantar el cansancio. Casi en la última de las casas se acercó para amarrar a su caballo en el horcón del corredor. La puerta tenía un gran candado, sobre la madera se había asentado el polvo de herrumbe y abandono.

            La tarde avanzaba a tropezones, sintió hambre, en las alforjas no había más que ropa sucia y bolsas vacías. Sacudió el cuerpo y volvió la mirada al otro extremo del rancho. Un potrillo salvaje venía galopando y pasó junto al caballo que apenas pateó el suelo. La estela amarilla de polvo se asentaba poco a poco.

            La noche cayó como un ágil monstruo que espantó casas y árboles. Ismael apoyó la espalda en la pared. Dando pasos aquí y allá, descubrió un largo asiento de madera donde tendió su poncho. Se recostó sobre él, como si lo hiciera en la tierra para dormir definitivamente.

            Dormitó apenas un rato. El rechinar de unas ruedas lo hizo sentarse y su caballo volvió a patear el suelo. A  pesar de que se veía algo de las casas del frente y las copas de los árboles, no pudo distinguir ningún vehículo en el camino. El ruido se fue perdiendo tal como vino.

            Estaba sentado, totalmente despierto, cuando escuchó una tos dentro de la casa. Volvió a pararse para buscar apoyo en la pared. ¿Qué? La puerta está sonando, la sacuden, el candado salta sobre las piedras y la puerta se abre. ¿Me verán? Salió una joven, junto a los pilares se puso a orinar. Ni siquiera notó la presencia del caballo. ¿Y si me ve a mí?

            Se paró subiéndose el calzón. Al volverse hacia el hombre tosió y se entró como una sonámbula. Ismael respiró fuerte, estaba aturdido. Volvió a sentarse sobre su poncho. Comenzó a salir una luna gigante por el horizonte, se levantó para estirar el cuerpo.

            De la izquierda venía otra vez el chirriar de ruedas, la carreta avanzaba lentísima. Vio la sombra de un único caballo con jáquimas y arreos de nieve, y un hombre de sombrero sobre el pescante; detrás suyo la carreta totalmente cargada. A la altura de la casa cesó el ruido de los ejes y la fusta. El hombre se bajó. No había visto a Ismael sino al caballo, y ya se acercaba para desamarrarlo. Ismael se le acercó, las ropas del cochero despedían n olor a podrido y parecían irse cayendo para volver a ser tierra.

- ¡Señor! – dijo Ismael, el otro se volvió temblando- . Ése es mi caballo.
- Usted va a disculpar –la voz seca-. Ayer tarde, en Mataral, fui engañado por un comerciante. Llegó con una gran recua de caballos y yo le pedí que me vendiera uno. Hicimos trato, pero ni bien comencé a galopar, el caballo comprado se volvió potrillo y deslizándose de los arreos escapó como el viento- el hombre terminó en una risa llena de gallos.

-No le entiendo, señor- dijo Ismael.
-Bueno, al llegar a este rancho y ver a seres vivos en el corredor, dije: “si éste no es mi caballo, será del comerciante, y me lo llevaré”- terminó palmeando el hombro del vaquero.

-Yo no soy ningún comerciante. Dijo éste-. Pero si usted quiere, le puedo prestar mi caballo mientras nos acompañamos. Este lugar no me gusta.

            Los dos hombres partieron rumbo al norte. Atrás, la carretera y el polvo.
-¿Qué lleva de cargamento? – preguntó Ismael.
-Son choclos pa hacer humitas, los traigo desde Mairana pa los peones de Postrervalle.
            Con la velocidad, el vaquero ya no sentía el olor a zapallos podridos del cargamento.
           
            Agradecía al viento a la luna por permitirle no oler ni ver demasiado. Sin embargo, su cuerpo parecía irse encogiendo como si la vejez del cochero fuese contagiosa. Comenzaron a subir una cuesta y escucharon el relincho del potrillo. El viajo apuró a los caballos.

-¿Usté es vaquero, don Ismael? – dijo
-Sí, señor.
-Agarre entonces su lazo, mientras yo lo sigo, usted lo prende.
           
            La carreta avanzaba como un viejo carro a motor tras los relinchos. Más allá de los árboles se levantaba la punta de un cerro como un inmenso caserón. En cada curva una nube de polvo les daba en la cara, Ismael ya tenía listo el lazo pero era una locura querer enlazar un relincho. Llegaron a la cumbre, comenzaban la bajada cuando a un lado vio las crines de fuego. Sonó un fuerte chicotazo, una bolsa dio en la espalda de Ismael y se agarró para que la otra pasara por sobre su cabeza. Turó la punta del lazo que se prendió en alguna parte, al tiempo que carreta y caballos cayeron al abismo como un inmenso tercio de leña. Rápidamente llegó al silencio.

            Cuando salió del desmayo era de día. Sus manos despellejadas aún agarraban el lazo prendido al gajo de un árbol sexo. Sintió las espinas de carapar en las rodillas y fuego en la nuca; al tocarse, los dedos se embadurnaron de sangre. ¿Y la carreta?

            Sólo encontró a su cabello, justamente a la orilla de la peña, con la montura en la panza y las patas rasmilladas. No había rastros de carretas, cocheros o más caballos. Era imposible ver siquiera el abismo. Gateando llegó al camino donde, con temblores en las manos y las rodillas, preparó a su caballo para montar y volver al rancho, tal vez en busca de su razón perdida.

            En vez de apearse, Ismael casi se descolgó del caballo cuando llegaron al corredor. La puerta seguía con el viejo candado herrumbrado y deseó ardientemente que lo de la carreta hubiera sido también un sueño. Decidió cruzar de nuevo el pueblo con el caballo detrás. A causa de las heridas y las espinas tenía que camina r encorvado. Cuando llegó al centro, vio que un callejón cruzaba la calle formándose cuatro esquinas. Tomando ese nuevo camino, apenas dos cuadras, llegó a una carretera con tiendas, pensiones y niños por todas partes. ¡Aquí es Paja Colorada!, se dijo Ismael, y yo sólo andaba perdido en el pueblo viejo.

            Los niños comenzaron a rodearle. Desde las puertas las mujeres lo miraban. Los perros se acercaban a las patas del caballo y escapaban gritando ante las patadas. La barba le había crecido y tenía la cara manchada de ceniza. Miró sus rodillas y no había espinas, sólo estaban encorvadas. Sus manos tampoco estaban desolladas de tirar del lazo sino secas. En un perdido pliegue de su cerebro tal vez quedó la herida. No había calor en su cuerpo. Agarrándose del cuello de su caballo, pegó los ojos en la pelambre para ocultar el llanto y no ver ese mundo tan razonable, lejano ya de su vida y su miseria.


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