lunes, 28 de noviembre de 2011

Roce 3


Por: Andrea Maturana

Apenas entro, el tipo se me pega por la espalda. Cada mañana sube mucha gente, dejando el ascensor con una mezcla de olor a pasta de dientes, aftershave o desodorante. Si no tuviera que subir nueve pisos lo haría a pie. Odio cualquier cosa encerrada de la que no me pueda bajar a voluntad.

            Estoy tan ocupada con mis asuntos que no lo veo. Sólo sé que está ahí, cerca del lugar que yo ocupo. Intento percibir su olor (tal vez así sepa su alguna otra vez estuvimos juntos en el edificio), pero no tiene ninguno en particular y eso me pone nerviosa. Me recuerda a Juan Pablo; eso suponiendo que pudiera recordarlo. Desde siempre he arrastrado los recuerdos en torno a un olor. Hay personas que me resultan inaguantables porque no soporto su halo y hombres de los que me he enamorado antes de verlos; a través de una prenda en casa de amigas o por la estela de presencia que dejan al pasar.

            No logro entender por qué está tan cerca de mí, si el ascensor es lo suficientemente espacioso y está vacío porque es más temprano que de costumbre. Hay espejos al fondo y a los costados. Percibo que me mira alternadamente a mí y en el reflejo, como queriendo ver algo que a simple vista no se percibe. Tengo una extraña sensación de sofoco que no puedo justificar porque el aire sobra y no siento olores especialmente molestos.

            Se me ocurre, aunque ya apreté el botón número nueve, marcar uno de un piso anterior para bajarme y seguir el camino a pie, pero cuando voy a hacerlo me sujeta la mano desde atrás. Sin fuerza; sin ninguna necesidad de ser brusco, pero con una seguridad que se impone y ni siquiera me permite resistirme. No me volteo. Tengo miedo. Me suelta la mano y alarga la suya hacia el panel de control. Aprieta el botón de emergencias y el ascensor se detiene.

            Querría poder decirle algo, como que tengo claustrofobia, o simular un ataque de asma o un desmayo, pero estoy paralizada. Tal vez contarle un chiste o preguntarle su nombre para liberar la tensión. Sé que es esa tensión la que conlleva peligro, pero no puedo hacer nada. Abro la boca y no me sale la voz. Ni siquiera puedo enfrentarlo con la vista para inhibirlo. Oigo mi propia respiración entrecortada. No siento la suya. De pronto se acerca a mi oído con un tempo que no podría ser sensual, pero se queda ahí como dudando y luego me dice: “Ayúdeme. Estoy solo.”

            Me vienen a la cabeza todas las historias de ascensores que alguna vez oí: las escenas eróticas de las películas, los coqueteos de Carla que son tantos que ya no sé si creerle; Miguel y su idilio con una enfermera, cuando lo tuvieron meses en el hospital después del accidente. Hace un tiempo quería escribir un cuento para desmitificar todo eso. Llevo años subiendo en este aparato para llegar al mismo noveno piso y nunca pasó nada. Hasta ahora. Me parece ridículo. Un hombre desconocido acaba de detenerlo y, en vez de intentar seducirme o violarme, me pide ayuda. No me atrevería ni a contárselo a alguien. Pienso que puede ser una maniobra para acercarse y nada más, que tal vez lleva un tiempo mirándome y (por algo así como deferencia o por la inexplicable cordura de los locos) encontró demasiado violenta la idea de forzarme como primera aproximación.

-¿Qué quiere? – le digo, sin voltearme.
-Que me escuche. Nada más. La elegí entre decenas de personas y espero que no me diga que no.
-¿Y pretende que estemos detenidos para siempre? Hay gente que trabaja en este edificio.
-Eso depende de usted. Sólo escuche. Si me quiere mirar, me mira.
           
            Por un momento desearía hacerlo, romper el aire lanzándole una mirada que lo partiera en dos, pero algo de él me intimida. Tal vez sea su voz. Tal vez sea su inexplicable falta de olor. Prefiero escuchar así, de espaldas.

-He sido bastante feliz. He tenido mucho de lo que cualquier persona podría desear. Pero meses atrás desperté y no había nadie al otro lado de la cama. Miré la puerta y ahí estaba Eugenia, de pie y sosteniendo un gran bolso con sus cosas. “Me voy”, me dijo. “Nunca dejé de estar sola a tu lado.” Y salió con una calma inusitada dejándome ahí, sin saber qué hacer. Ni siquiera lloré, aunque todavía se me atraviesa el dolor. No es una pena por Eugenia o porque se haya ido, sino por lo que me dijo. He estado pensando en eso y me doy cuenta de que es verdad: en estar con otro hay el espejismo de una comunión que no alcanzamos nunca. Y cada vez que vivimos juntos esos segundos previos al orgasmo, creemos que los dos somos uno y esa fusión la mantendríamos eternamente. Pero eso termina. Y luego estamos desnudos uno junto a otro, en el mejor de los casos disfrutando con el recuerdo repasándolo minuciosamente, y sentimos que nuestra soledad se ptencia porque un minuto atrás vivimos la ilusión de estar fundidos. Yo sé que Eugenia no me dejó por otro. Que va a salir con su maleta a buscar y que no va a encontrar nunca, porque ese dolor de la separación es como una condena. Yo también lo siento. Por eso quería hablar con usted. Porque la veo subir a este ascensor y pienso que alguna vez debe haber querido detenerlo en cada uno de los pisos para ver si a la bajada se encontraba de frente con el hombre que sueña para usted. Y no lo ha hecho por pudor, pero sabe que si lo hiciera jamás encontraría lo que busca porque eso no existe. Porque no podemos liberarnos de nuestra compañera soledad. ¿O no?

-No tiene derecho a decirme eso. Yo no lo conozco. Y usted estará muy solo, pero me agrede intentando convencerme de que yo también lo estoy. Eso es cosa mía y a usted no le hace ninguna diferencia lo que a mí me pase. Por favor eche a andar este ascensor y déjeme seguir con mi vida am i manera.

-¿Por qué no me mira? Tal vez verme le ayude.
-No sea ridículo. Yo no he venido a pedirle ayuda. Estoy haciendo el mismo camino que hago todos los días.

-Como quiera.

            Aprieta nuevamente el botón que marca el nueve y se aleja de mí. Me siento extraña, cargada de rabia. Ese hombre ha invadido mi espacio de trabajo y mi vida sin ninguna autoridad. Creo que me duele lo que me dijo y creo que no quiero que me importe. Necesito bajarme del ascensor lo antes posible a ver si encuentro algo de calma y distracción en mi eterno nueve.

-Está bien. Bájese. Pero antes de hacerlo, dígame una última cosa. ¿Cómo se llama?

-Eugenia- le digo, y me bajo sin mirarlo, aliviada.

Sé que olvidaré este episodio con una facilidad insólita.
No puedo recordar a alguien que no huele a nada. 

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